Clientes mañosos y mentirosos

Esta semana tuve que batallar con personas poco honestas que pusieron a prueba mi serenidad y paciencia. El primer caso se trató de un cliente que me solicitó un paquete de fotos para sus dos nuevos edificios de oficinas en renta. El primer el proyecto se desarrolló como estaba previsto, hubo dos rondas de revisiones sin mayor novedad.  Justo cuando yo casi lo había dado por terminado, me habló su secretaria para informarme que el color de las paredes interiores “estaba mal”:

— ¿Cómo que está mal el color de las paredes? no me queda claro porqué dicen eso.
— Es que no es un color chocolate, es más bien durazno.
— El color de las paredes es café oscuro, no tiene nada de durazno.
— Por eso te digo que está mal tomado, lo vas a tener que retocar.
— Te aseguro que no está mal fotografiado, tal vez se trate de una cuestión perceptual…
— No, mi jefe dice que tienes que arreglarlo.

La conversación no terminó muy amigablemente, le dije que podría “desaturar parejo” las fotos, pero no retocar a mano todas las paredes pues se vería falso. Ella no quedó muy conforme con mi respuesta.
Dos días después, casualmente, tuve una cita a cinco cuadras del edificio que había fotografiado y, sin haberlo planeado, decidí tomarme unos minutos para visitarlo y ver si realmente me había equivocado tanto con el balance de color de mi cámara. El vigilante, que ya me conocía, me dejó pasar sin problema y me preguntó que cuáles oficinas quería ver si “las antiguas o las que estaban recién pintando”. Mi sentido arácnido me indicó que allí había algo que no estaba bien, así que rápidamente le dije que me interesaba ver ambas oficinas.

Mientras yo tomaba fotos con mi celular el vigilante me platicó que al dueño no le había gustado el color oscuro con el que habían pintado originalmente las oficinas así que mandó volverlas a pintar con un color más claro. Incluso me mostró un marco de ventana que tenía ambos colores… priceless… click… click.

Con toda la evidencia en mi celular regresé a mi despacho con una mezcla de emociones, por un lado me sentía tranquila al confirmar que había realizado las fotos correctamente, pero estaba muy enojada porque habían tratado de engañarme y obligarme a retocar sus fotos haciéndome pensar que yo me había equivocado.

Como este era el primero de dos proyectos con el mismo cliente (yo ya había recibido el anticipo de ambos) decidí que no me iba a pelear a lo menso diciéndole ¡eres un maldito mentiroso, hoy fui al edificio y me encontré a los pintores cambiando el color de las paredes! ¿¿porqué me hiciste creer que yo me había equivocado, vil gusano del inframundo??… no, no, nada de eso. Cuando le llamé me atendió su secretaria y le di la oportunidad de no confrontarnos:

— Oye, te quiero platicar que hoy visité el edificio de oficinas y me encontré con los pintores. Ya me enteré del problema con las pinturas de las paredes y quiero confirmarte que las fotos se van a quedar con el color de cuando las tomé…
— Ahhh, okey… entonces ya lo viste… es que mi jefe…
— Sí ya sé lo que pasó, pero no hay problema. Si te parece bien te mando hoy la factura por el saldo de este proyecto, en cuanto está pagado te mando los archivos grandes para que tu webmaster ya pueda ir subiendo las fotos.
— Sí, sí, me parece muy bien ¿cuándo hacemos la cita para tomar las fotos del otro edificio?…

Y así quedó todo claro sin reclamos ni azotes, le dije sutilmente que ya los había cachado mintiendo, que no había problema y que podíamos seguir con los proyectos como los habíamos pactado.
De todas formas guardaré las fotos como un souvenir de un cliente mentiroso.

El anticipo manda

El otro cliente con el que no estuve contenta esta semana es una agencia de publicidad que me contactó para hacer varias fotografías de una franquicia de laboratorios médicos con sucursales en el D.F. y otras ciudades.

Me hablaron desde el año pasado, pero el proyecto ha tenido muchos retrasos pues el cliente final se tarda mucho en aprobar los presupuestos. Cuando todo parecía que estaba listo para arrancar me dijeron que no podrían dar el anticipo del 60% que yo solicitaba, pero que podían dar tres pagos del 33%.

Yo les confirmé que sí, pero que las visitas fuera del D.F. tendrían que ser programadas al final, cuando ya hubieran pagado por lo menos el 66% del total. Me respondieron que no había problema al respecto, pero que necesitaban que les enviara el calendario de visitas a las sucursales por escrito. Así lo hice, pero en el cronograma les indique que estaba sujeto al pago del anticipo del 33%.

Tres días antes de iniciar el proyecto no había recibido ningún pago. Llamé para ofrecerles una reprogramación de fechas pero me dijeron, muy espantados, que no se podían cambiar las fechas que ya habían “hecho toda la logística”. Entonces pensé “este proyecto ya valió ver…dura” y les recordé que si no había anticipo no había confirmación de fechas.

Patalearon todo lo que pudieron, me pusieron en “speaker” con quien sabe cuantos fulanos que, en resumidas cuentas, me juraron que me iban a pagar cuando su cliente les pagara a ellos.

Como yo ya estoy podrida de escuchar esa excusa les dije, lo más serena que pude, que desde el principio les aclaré que yo no trabaja así, que si ellos no cobraban anticipos a sus clientes no era mi problema, y que me daba tristeza de tener que dejar el proyecto antes de empezarlo.

Al día siguiente me enviaron un correo que parecía redactado por un adolescente borracho; decía algo parecido a recibir un pago hasta el viernes y que si les podía reprogramar todo. Les contesté que podían depositar cuando quisieran, que hasta entonces reprogramaríamos todo, no antes.

Ya pasó el viernes y no recibí ningún depósito de su parte. Probablemente ya contactaron a otro fotógrafo, espero que le vaya bien.

Y tú ¿cómo lidias con clientes mentirosos?

 

 

 

 

 

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Una curiosa ventaja de las facturas electrónicas

En México, a partir del 2014, todas las personas y empresas con actividades comerciales estamos obligados a emitir y enviar facturas electrónica a los clientes.  Esta nueva disposición fiscal, que tiene como principal propósito generar un control más estricto de los contribuyentes por parte del gobierno, ha generado inconformidades y aplausos.

En principio, a mí me parece muy bien que los negocios en los que consumo me envíen a mi correo electrónico la factura de mi consumo, así no pierdo tiempo en las tiendas esperando a que un empleado jetón, del área de atención a clientes, tenga la amabilidad de escribir a mano mi factura. Incluso algunos almacenes han implementado sistemas donde el mismo cliente captura sus datos e imprime su comprobante fiscal.

Los problemas comienzan a aparecer cuando el negocio donde pagamos nos dirige a una página web para facturar en línea: hay empresas que sólo dan 7 días para realizar el trámite y otras que tienen sistemas en internet espantosos donde es un triunfo humano obtener la factura electrónica. Parece que el SAT ya está tomando medidas al respecto.

Y luego están los negocios medianos donde  “juran por el osito Bimbo” que  enviarán la factura al email del cliente, pero jamás lo hacen. Mi contador hace gestos cada que le indico que no tengo una factura porque al negocio donde hice la compra nunca se le dio la gana hacerla.

Una curiosa ventaja de las facturas

Hace algunos días realicé un proyecto fotográfico para una empresa donde, desde el principio, me indicaron que no daban anticipo, pero pagaban contra entrega, previa revisión de la factura electrónica. Terminé el trabajo en el tiempo acordado, le envié al cliente la liga para que revisara las fotos y le mandé la factura correspondiente a su departamento de compras.

Cuando el cliente me preguntó que cuando podría enviarle los archivos originales de las fotos le contesté que lo haría cuando estuviera realizado el pago. Ese mismo día recibí un correo con una ficha de depósito y la solicitud de que “enviara los archivos a la brevedad, porque tenían que imprimirlos al día siguiente”. Se los envié sin contratiempo.

Al día siguiente revisé mi estado de cuenta por internet y ¡oh, sorpresa! el pago que había realizado el cliente sólo cubría el 70% del total. Cuando lo busqué para reclamarle me salió con una excusa:

— Es que es una nueva política de la empresa, no hacemos el pago completo hasta que recibimos los archivos y confirmamos que están ok.

— Supongo que ya revisaste que están bien todos los archivos que te envié.

— Si… este.. no, es que no he tenido tiempo, pero ya la semana que entra te hacemos el pago restante.

Para no hacerles el cuento largo les diré que me la pasé tres semanas correteando el pago faltante hasta que se me ocurrió una estrategia malvada: cancelé electrónicamente la factura que les había enviado. Entonces recibí una llamada de una molesta señorita de la empresa que me reclamaba por tal cancelación. Le expliqué que tuve que hacerlo porque, simplemente, no correspondía con el pago del 70% que habían realizado y que, con gusto, cuando estuviera realizado el pago del 30% restante, les enviaría las facturas correspondiente. Al día siguiente recibí el pago faltante y les envié sus nuevas facturas.

Dos días después me escribió el cliente para decirme que se había enterado que ya me habían pagado y para pedirme que, como un favor especial, le “ayudara” a realizar unos pequeños retoques en las fotos que le envié. Estuve evaluando los pros y contras de realizar esos retoques que me solicitó, pero al final no me dio la gana hacerle ese pequeño “favor”. Seguía molesta por su “nueva política” de retener parte del pago y sus evasivas durante semanas. No quiero ser mal pensada, pero es probable que con esa mala práctica tengan obligados a sus proveedores a realizar trabajos adicionales mientras tienen retenidos los finiquitos.

Una amiga me dijo que no están los tiempos como para andar abandonando clientes, pero yo opino que los tiempos no están como para malgastarlos con empresas gandallas.

Para sacarme la espinita le llamé a la competencia de ese cliente malo. Tengo una cita para presentar mis servicios la próxima semana.

 

El anticipo es la prueba de fuego

AnticipoTuve ese canijo presentimiento de fracaso desde la primera vez que me contactó este prospecto. Pero, sinceramente, era un proyecto bonito y grande, así que decidí no hacerle caso a mi sentido arácnido y me avoqué a la fase de planeación.

El prospecto era un restaurante de una cadena mediana que tiene 27 sucursales repartidas en 13 estados de la República. El encargo de su departamento de marketing era tomar dos fotografías del interior de cada restaurante en menos de un mes… fácil ¿no? en teoría sí, pero no resultó una tarea sencilla revisar los horarios de los vuelos y los autobuses para hacer rutas y cubrir todas las locaciones (a veces hasta tres en un solo día), crear un cronograma que indicara el horario exacto de mi llegada a cada sucursal y calcular los viáticos.

Además, el dueño de la cadena quería que no aparecieran clientes en las fotos, así que, o se tomaban antes de la apertura o se confiaba en que el personal del restaurante haría lo necesario para reservar ciertas mesas y dejarlas listas justo a la hora que yo les había indicado.

Todo el plan estaba bastante matado, pero era factible, así que le dediqué varias horas a definir un cronograma pulido y correcto. Cuando lo presenté a la encargada de mercadotecnia le encantó, entonces le solicité el anticipo y envié la factura correspondiente. A los dos días me llamó apenada para decirme que, debido al Mundial de fútbol, no se podrían hacer las tomas en las sucursales que cuentan con bar, así que deberíamos eliminarlas del programa. También me indicó que debía cambiar algunas fechas por “asuntos de inventario”.

Para no hacerles el cuento largo les diré que, a lo largo de un mes, elaboré cinco versiones del cronograma por diferentes motivos, entre ellos, el aumento de precios en los boletos de avión y autobús debido a la llegada de las vacaciones de verano. Obviamente al prospecto no le gustó que el precio de los viáticos aumentara, pero a mí tampoco me encantó que el número de fotografías acordadas al principio fuera disminuyendo.

Un mes y medio después del primer contacto, por fin teníamos un acuerdo sobre las fechas y horarios para realizar las tomas fotográficas.

Y entonces todo valió queso…

Como los asiduos lectores de este blog sabrán, yo no comienzo a trabajar sin anticipo ¡y menos en un proyecto que requería la compra anticipada de boletos y reservaciones de hotel! Por lo tanto, una vez acordado el cronograma, le envié al prospecto la factura correspondiente y le solicité el depósito del 50%.

Días después de recibir la factura electrónica, me llamó, el viernes a las 19:30 hrs., para decirme que los datos que me había enviado estaban mal y que debía volver a enviarle la factura a nombre de otra razón social.

—De acuerdo, te la envío en un momento.– Le confirmé.

—No te apures, ya voy de salida, mejor mándamela el lunes.— Me dijo despreocupadamente.

El lunes por la mañana recibí otra solicitud de modificación en el calendario. Como ya me sospechaba que se trataba de técnicas dilatorias para hacerse pato con el pago del anticipo, le pedí que me firmara un sencillo contrato y le di tres días de plazo para que realizaran el depósito del anticipo. Me respondió que se encontraba fuera de la ciudad y que agradecía mi comprensión (?)

El día que se cumplió el plazo, me mandó un correo extrañándose por mi falta de confianza al pedirle que firmara un contrato, me dijo que la nueva factura estaba mal y me aclaró que el anticipo estaría “sin falta” la siguiente semana. Entonces tomé el teléfono y le llamé para informarle que el proyecto se cancelaba.

No fue una llamada sencilla, la voz se me entrecortaba de coraje y nervios al declinar un proyecto de ese tamaño. Quería aclararle que había tomado esa decisión porque no veía compromiso de su parte, pero al final sólo le dije que tenía varios pendientes con otros clientes y que ya no podía postergarlos más. La encargada de mercadotecnia me dijo de todo: que yo no era profesional, que la iba a hacer quedar muy mal con sus jefes y que no podía dejarla colgada. Yo sólo tragué camote, le dije que ya no podía atender su solicitud y no le ofrecí ninguna opción. Sinceramente no tenía ganas de arreglarle un problema que yo no había creado.

Estaba muy enojada por haber invertido tanto tiempo en la planeación y no estaba dispuesta a jugármela con este proyecto. Estoy segura de que había muchas posibilidades de que algo se saliera de control, pues lo que mal empieza mal acaba. Afortunadamente era cierto lo de los otros clientes, así que no he tenido tiempo de lamentarme demasiado por este tropiezo.

 

Clientes desconfiados

Seguramente has escuchado la historia del pintor que le quedó mal a tu tío, del plomero que dijo que iba por una refacción y nunca regresó o la del maestro albañil que hizo mal las cuentas y ahora pide más dinero para completar el trabajo. Es una triste realidad, pero muchas personas que ofrecen sus servicios a domicilio rara vez son puntuales, cumplidas y bien hechas. Son trabajadores de oficio que llegaron recomendados por algún vecino y pocas veces resultan tan buenos como nos los ponderaron.

De estas malas experiencias surge la gran desconfianza que se siente al contactar a un plomero que, después de jurar que llegaría antes de las 9:00, se aparece hasta las 11:00; que hace unos garabatos sobre un pedazo de papel sucio para solicitar un anticipo para materiales y se desaparece dos horas “porque tuvo que pasar a almorzar al mercado”. Ya con todas las piezas del calentador desconectadas te avisa que no trae la herramienta adecuada, así que tendrás que esperarlo hasta mañana. Lo peor del asunto no será bañarte con agua fría, sino rogar a los dioses que de verdad regrese al día siguiente. Después de varias llamadas fallidas a su celular confirmas tu peor temor: te ha abandonado, se ha ido con las refacciones que compró y te ha dejado el calentador desarmado. Ahora no tienes más remedio que buscar, en internet o la sección amarilla, los datos de una compañía profesional que seguramente te cobrará más por el servicio que, vuelves a rogar, sea mejor que el del plomero que te recomendaron (que, por cierto, reapareció tres días después y se molestó porque sus servicios ya no eran requeridos). Clientes desconfiados

Por eso no me extraña que algunas personas opten por “arreglar” ellos mismos sus dificultades, tienen desconfianza a los trabajadores desconocidos o simplemente quieren ahorrarse dinero ¿Cuántos de nosotros hemos realizado una reparación o remodelación casera con resultados nefastos? Lo mismo pasa con los clientes que, por no gastar, optan por realizar ellos mismos las fotos de sus productos. O peor aún: deciden que no necesitan ningún tipo de ayuda para elaborar su publicidad tras haber sufrido con freelanceros poco confiables que no cumplen con las fechas de entrega y se esconden cuando hay dificultades.

Derivado de estas malas experiencias algunos clientes se resisten a pagar un anticipo y desconfían de los freelanceros… y la verdad los entiendo. POR ESO cada vez me cuesta más trabajo hacerles ver que existen freelanceros que sí son profesionales y que están realmente interesados en ofrecerles soluciones, no pretextos.

¿Quieres que tus clientes confíen en tí? a) Ayúdales a encontrar la mejor solución a sus necesidades, vuélvete su asesor. b) Siempre cumple con los tiempos de desarrollo y entrega puntualmente lo que prometiste. c) No utilices a los demás como pretexto para no cumplir, explicaciones como “Es que mi impresor me quedó mal” o “Mi mamá no me despertó a tiempo” no te harán lucir como profesional. d) Nunca te escondas de tus clientes, ya estás grandecito (esto, por supuesto, también aplica al revés).

Recuerda que los clientes nos pagan para resolver sus problemas no para crealos.

Un cliente contento con los resultados es un cliente que no debería “hacerse pato con tu pago”, pero eso es otra historia.

Órdenes de compra: promesas de pago

Para los que leyeron el post anterior, y los tenía con la angustia de saber qué paso con ese cliente, les tengo el desenlace (feliz, por cierto): a la semana siguiente de que inicié el proyecto recibí, POR FIN; la famosa orden de compra que establecía la fecha de entrega de mi trabajo y el monto del mismo. No incluía una fecha específica de pago, pero indicaba que se realizaría a los 20 días naturales después de la recepción y visto bueno del cliente.

Jack Palance Ya con esa orden de compra en mano yo me sentía más tranquila para continuar el desarrollo del proyecto. Lo más sorprendente de todo fue que TRES días antes de la fecha de entrega me pidieron que les enviara la factura y al día siguiente ¡recibí la notificación del depósito por el monto total! tal y como lo decía Jack Palance. Como soy bastante desconfiada, corrí a mi banca electrónica para cerciorarme de que el dinero era real y no se trataba de un error ¿sería posible que me hubieran pagado antes de entregar el trabajo? Lo bueno es que mi paranoia se vió frustrada en el momento que ví que todo estaba bien; si quería, podía gastarme todo el dinero comprando niveles de Candy Crush por el resto de mi vida.

Para desmentir desde sus cimientos ese refrán que dice “Músico pagado toca mal son” le eché todavía más ganas para dejar ese trabajo como más me gusta: listo para presumírlo por todos lados. Modestia aparte, el día de la entrega del proyecto, las seis personas convocadas a la presentación, quedaron muy contentas y sólo hicieron observaciones menores como cambiar de lugar un botón. Hasta me felicitaron, mientras yo pensaba “¡Claro que quedó muy bien, por eso me pagan!”

Al final del día reflexioné sobre la utilidad de las órdenes de compra y llegué a la conclusión de que, desafortunadamente, no sirven para mucho, sólo para poner por escrito la intención de compra de los clientes, pero no son un pagaré y mucho menos un contrato. Me explico: hace como dos meses firmé un contrato muy formalito con una dependencia del Gobierno Federal para realizar un proyecto, obviamente me pidieron un montón de papeles y tuve que ir personalmente a firmar una “Orden de servicio” donde se estipulaba que el pago se realizaría en un plazo no mayor de 15 días posteriores a la fecha de entrega. Para no hacerles el cuento largo les diré que ya pasaron cinco semana de que entregué el trabajo y aún siguen contestándome en Tesorería –No, lo siento no ha salido su cheque.– Aunado a una buena cantidad de excusas y disculpas. El hecho es que ellos ya tienen en internet las fotos que tomé y yo sólo tengo un papel que dice que ya deberían habermelas pagado.

Así que, para fines prácticos, no me sirve de nada tener la famosa orden de compra, los clientes pagarán exáctamente cuando ellos, o su administración, quieran. Por eso me tengo que recordar que SIEMPRE debo solicitar el pago del 50% de anticipo. Si la burocracia del cliente no permite la tramitación de un anticipo, entonces debo dejar muy claro que la entrega final del proyecto se tiene que hacer contra el pago total, por lo menos la primera vez que trabaje con ese cliente.

Alguién podría reclamarme –Oye, pero si tienes una orden de compra puedes demandarlos y obligarlos a que te paguen.– A lo que yo seguramente contestaré –Claro, pero, este caso ¿cuánto me costaría emprender una acción legal contra el Gobierno Federal?.– Seguido por la reflexión al respecto de la cantidad que me deben y el tiempo que debería dedicarle a un litigio. Realmente no me puedo dar el lujo de perder valiosas horas en un proceso incierto. Como lo dije hace algún tiempo: “Proyecto entregado sin anticipo, proyecto perdido.”

Defendiéndome del regateo

Falling Victim to Free Trap
Lo siento, este no es un post con final feliz… todavía.

Todo comenzó como de costumbre, un prospecto me contacta para ofrecer un proyecto interesante que, por su importancia requiere de una visita a sus oficinas. Durante la reunión les bailé y canté mientras los convencía de que soy la persona indicada para llevar a cabo el trabajo. Después de la visita, que consideré todo un éxito, les envié una cotización con mi mejor propuesta. Me interesaba mucho ganar este proyecto, era atractivo e interesante. Supongo que, como mis precios eran bastantes razonables, al martes siguiente se animaron a pedirme una nueva propuesta, mucho más compleja y que incluía una urgencia: las primeras fotos debían realizarse ese mismo viernes. Acepté el reto, actualicé los números y esperé a tener el visto bueno mediante el pago del anticipo. Llamaron el miércoles para confirmarme la aprobación del proyecto, PERO (siempre hay un pero) no podían tramitar tan rápido el anticipo; entonces solicité una bonita orden de compra; me dijeron que no habría problema para generarla, sólo debía enviarles, asap, seis documentos y dos formularios firmados para darme de alta como proveedor. Como nadie me iba a intimidar con un muro administrativo, me propuse enviarles todo en menos de media hora ¡y lo logré!

Cuál sería mi desconcierto cuando, el jueves, me llama una persona desconocida que se presentó como el responsable de compras de la empresa. Me comentó, en el tono más perdona-vidas que pudo, que él era el único que tomaba las decisiones de compras, que tenía en sus manos las propuestas de otros proveedores y que, por alguna extraña razón, no tenía mi cotización en su escritorio. Entonces, con el mayor descaro del mundo, me dijo que esperaba que le enviara mi propuesta con “mi mejor precio”. Francamente consideré que su solicitud estaba fuera de lugar, sobre todo porque ya habíamos agendado la cita para ese mismo viernes con horario y toda la cosa, así que dudaba seriamente sobre la existencia repentina de esos otros proveedores, que sólo tenían la finalidad de hacerme sentir insegura, para que les otorgara un descuento, así nomás, porque sí. Hice mi mejor esfuerzo para no montarme en pantera y le indiqué que le enviaría la misma cotización que ya tenían, y que no iba a darles ningún descuento adicional por varios motivos: el trabajo era urgente, bastante extenso y, además, no recibiría anticipo. Para despedirme le confirmé mi interés en el proyecto y le recalqué que entendía perfectamente que era probable que no optaran por mi propuesta.

Después de reenviar la cotización recibí un escueto correo de este señor que casi me hizo llorar: “¿Ya es lo menos?”. Opté por no contestarlo, estaba tan molesta que seguramente le escribiría algo de lo que después me arrepentiría. Entiendo que parte del trabajo de los encargados de compras es conseguir el menor precio, pero intentarlo bajo la amenaza de “Me das un descuento o no te doy el trabajo” no me espanta, menos cuando sé que eso de los “proveedores más baratos” es una táctica vieja. De todas formas estaba conciente de que era muy probable que todo se fuera al Averno porque no me dió la gana hacer un descuento solicitado con tanta prepotencia.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando, casi a las 20 hrs., me volvió a escribir: “Procederemos como se había acordado, las fotos se tomarán mañana en al horario convenido. La orden de compra se generará a la brevedad.”
Las primeras fotos ya están tomadas, pero la orden de compra aún no llega, supongo que se tomarán su tiempo para enviarla, yo me tomaré el mío para mostrarles las primeras imágenes. Todo apunta a que será una relación de toma y daca bastante desgastante, así que tendré que evaluar mis opciones y sus consecuencias. Ya les platicaré en qué terminó todo el asunto.

Amiguitos del Departamento de Compras: Ya sabemos que es su trabajo velar por los intere$es de sus compañías, pero, POR FAVOR, tomen en cuenta que, cuando el proveedor es un profesionista independiente, que les está ofreciendo un servicio a la medida y de calidad, no estará feliz de entrar a la subasta de “quién cobra menos”. Piénsenlo de esta forma: si tuvieran un familiar con un padecimiento raro ¿regatearían con el médico especialista mientras el paciente sufre en la sala de espera?

Nunca trabajes para amigos o familiares

El otro día volví a escuchar la recomendación: Nunca trabajes para amigos o familiares. Y me quedé pensando qué tan válida es esta frase ¿realmente es tan malo trabajar para los amigos o familiares? Afortunadamente, hasta ahora, no he tenido problemas con ninguno de los dos, en los trabajos que he realizado para ellos, aunque mi ganancia ha sido baja, nunca me han quedado mal con los pagos, pero definitvamente no podría vivir de hacer trabajos para ellos, aunque el volúmen fuera alto.

Ahora viene el chisme: otros diseñadores, freelanceros o empleados, me han contado algunas historias que le dan sentido a la frase del inicio:

  • El diseñador que se la pasaba haciendo diplomitas para la tía de un amigo que tiene un jardín niños, le ganaba poquito y le quita tiempo para buscar otros clientes.
  • El programador que es super cuate y medio atiende las urgencias de sus amigos, aceptando invitaciones a comer tacos como pago por sus servicios. No se atreve a enviarles una cotización para formalizar la solicitud, así que tampoco se siente con la obligación de atenderlos como a un cliente regular.
  • La Ilustradora que está comprometida a realizar las invitaciones de todos los babyshowers de sus primas. Como “dibuja bonito” también le pidieron que les hiciera los cartelones que anuncian las clases de zumba que imparte una de ellas.
  • ¿A cuántos de ustedes no les ha pasado que su mamá, al más tierno estilo, le platicó a sus amigas que nosotros somos unos buenazos para la computadora y ya nos consiguió chamba de instructor de Word?

Trabajar para familiares implica que prácticamente siempre será gratis, aunque nos juren que nos pagarán el precio normal; obtener una ganancia se vuelve una mezca de imposible con “¿No te da pena cobrarle a tu padrino, el que te cambiaba los pañales de chiquito?”.

Trabajar para amigos, si bien no es gratis, siempre se espera que haya una consideración especial en el precio, y si las solicitudes se realizan de manera informal, el desarrollo y seguimiento del proyecto también será informal. Qué cierta es la frase: “Cuentas claras, amistades largas.” No vale la pena perder una buena amistad por un mal negocio.

Mis sugerencias

Amablemente declina los trabajos para familiares que realmente no estés interesado en realizar y ofréceles los datos de otro profesional que pueda resolver su solicitud.
En el caso de los amigos debes insistir en que te hagan una solicitud formal para que les puedas enviar una cotizacion con consideraciones comerciales como anticipo, fecha de entrega, etc. Serán muy tus cuates, pero eso no te da de comer… a menos que te inviten unos tacos.