Clase magistral de cómo fregar al freelancero

Ciudad SlimPor alguna extraña razón, durante las últimas semanas he tenido varias citas en Ciudad Slim (Nuevo Polanco). Como todos los chiliangos sabemos, ir a esa parte de la ciudad en coche es un  desperdicio de tiempo, dinero e hígado. Quedarse atorado en el tráfico de Polanco un viernes a las 18:00 hrs. es la antesala al manicomio. Sabido esto, como buena chilanga* que soy, decidí llegar a estas citas en transporte público: saliendo de Metro Polanco tomo una bonita ecobici** nueva y pedaleo tranquila a mi destino (ojo con llegar sudando). El asunto me salió particularmente bien en las primeras dos ocasiones, pero en la tercera tuve la mala suerte de no encontrar un espacio para dejar mi bicicleta en las cicloestaciones cercanas a mi destino. Afortunadamente llegué  15 minutos antes de mi cita, así que crucé los dedos y esperé pacientemente a que algún compañero ciclista tomara una ecobici para poder dejar la mía.

Mi espera transcurrió mientras salivaba junto a un puesto callejero de sopes y quesadillas. Este changarro*** estaba atendido por una activa mujer que, cual malabarista, movía sus manos de la masa al relleno, del aceite hirviendo a los platos, de las salsas al queso rallado. Yo me encontraba hipnotizada los movimientos de esta maga de la gastronomía popular cuando un grupo de cuatro trabajadores de la construcción se detuvieron frente a su puesto. El que ostentaba el mayor rango portaba un casco protector y un chaleco de obra limpiecito. Tomó la palabra a nombre del grupo y preguntó con voz firme:

— ¿A cómo los sopes?
— A $12
— Oiga en la otra cuadra están a $10
— Pero estos son más grandes.
— Haga un esfuerzo madre, le vamos a pedir 12 sopes.
— ¿Verdes o rojos?
— Campechanos, regresamos por ellos en 15 minutos.
— ¿Sencillos verdad?
— Sí, pero con cara de dobles.

El grupo se retiró. Yo estaba totalmente sorprendida por la escena cuando la súbita llegada de un ciclista me libró del atolladero y pude dirigirme a mi cita.

De regreso a mi casa reflexioné sobre la “clase magistral” de la que había sido testigo. Me resultaba aterrador haber escuchado, en una conversación tan corta, la forma en la que un prospecto consiguió un descuento, puso sus condiciones, no pagó un anticipo y encima aclaró que sus expectativas sobre el producto eran mayores a las que había pactado. Y para terminarla de rematar se dio el lujo de llamarle “madre” a la señora del puesto ¡no me imagino que pudiera tratar así a su propia madre!

Me pregunto si este grupo de trabajadores realmente regresó a los 15 minutos.

Obviamente la señora tuvo gran parte de la responsabilidad en este abuso pues no ofreció mucha resistencia ante las demandas del trabajador. No hubo negociación, sólo aceptación. Tal vez el miedo a perder al prospecto la hizo actuar tan sumisamente.

El miedo es el peor de los consejeros

Cuando un prospecto nos pide un descuento nunca debemos permitir que el miedo dicte nuestras acciones. Todos hemos escuchado esa maldita vocecita en nuestra cabeza que dice cosas como:

“Mejor accede a hacerle un descuento antes de que se desanime y se vaya”
“Acepta trabajar por menos de lo que vale tu servicio, es mejor algo a nada”
“Ya invertiste tiempo en este prospecto, no dejes que se vaya, acepta sus condiciones”

El problema es que, una vez que el prospecto huele nuestro miedo, la relación se vuelve abusiva. La semana pasada me quejaba en Twitter sobre un prospecto que me pidió una cotización por un proyecto, luego me dijo que quería que se lo “paqueteara” con otros dos proyectos y, no conforme con el descuento que le ofrecí simplemente me escribió: “Ya hable con mi socio y dice que te pagaremos E$TO por los tres proyectos”. Por la redacción de su correo claramente leí que se trataba de un “tómalo o déjalo”. Mi respuesta era obvia, no iba a permitir que el prospecto le pusiera precio a mi trabajo así que le redacté este escueto correo:

Estimada Fulanita:

Definitivamente no puedo trabajar con ustedes por ese monto.
De todas formas agradezco que me hayan considerado para este proyecto.

Saludos.

Soy sincera cuando le digo NO a un prospecto y me despido, sé que lo más probable es que no vuelva a saber de él, pero lo más raro es que, en más de una ocasión, he obtenido el resultado contrario; después de dos o tres días me escriben como si nada hubiera pasado y me preguntan por el trámite para realizar su anticipo ¡qué mundo tan loco!


 

Vocabulario para los que no viven en México:

*Chilango(a): Habitante de la Cd. de México
**Ecobici: Sistema de renta de bicicletas proporcionadas por el gobieno local.
*** Changarro: Nombre despectivo dado a un local comercial con pocas aspiraciones.

 

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13 comentarios en “Clase magistral de cómo fregar al freelancero

  1. Hola Leonora.

    No creo que el mundo este muy loco, eso de las presiones también lo he vivido y lo malo en mi caso es que me hablan ya que tienen un problemon por que el “profesional” que prometió milagros por $3 pesos hizo un verdadero desmadre y de todos modos cobro sus $3 pesos. Al llegar siempre me comentan mesuradamente “Me puedes descontar los $3 pesos que me cobraron, ya vez que esta dura la situación” ¬¬

    El miedo esta cabrón, pero el orgullo por lo que haces y que te da de comer debe de ser lo que no te haga ceder.

    MUCHA SUERTE Y ÉXITO!!!

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  2. me pasó con un cliente, me escribió para que le cotizará corrección de estilo, luego de al menos cuatro días negociando por mail, terminó diciéndome: “no me puede hacer un descuento? es que tengo correctores que me cobran menos”. yo le respondí: “ya le estoy cobrando lo menos que puedo. yo también tengo clientes que me pagan más. si tiene correctores que le cobran menos, pues que le hagan la cotización, espero que de igual manera, puedan garantizarle la calidad de su trabajo. yo soy una profesional”. supongo que el cliente fue con sus correctores de dos varos, y le salió todo mal, porque me contactó como seis meses después, fingió que no nos conocíamos y ya no me regateó…

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  3. Creo que a todos nos ha pasado esto de que cotizas tantos dólares por uno o varios proyectos, y el cliente siempre quiere pagar “lo que él cree que vale”. De hecho, el año pasado tuve un roce desagradable con un interesado de una importadora de tecnología que me contactó por una asesoría de marketing y producción.
    Una vez enviado el prospecto, me escribió igual que a tí, Leonora: “Hablé con la Fer y te vamos a pagar $$$ por todo, nos estás cobrando muy caro”. Le respondí “por ese valor no puedo realizarte el proyecto” a lo que me respondió “¿Sabes cuantos profesionales quisieran trabajar con nuestra marca? Muchos lo harían gratis, deja de hacerte el divo”. Me vi en la obligación de responderle “Pues ve con los que quieren trabajar gratis, yo tengo otros clientes que sí valoran mi trabajo”.
    Luego me enteré que tienen un diseñador web in-house al que pagan el salario mínimo.

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  4. Pienso que: “si hasta elijo el sabor de mis Motitas”**** ¿por qué no puedo elegir a mis clientes?
    El problema radica cuando uno es el elegido, puede llegar de todo.
    Saludos.

    **** chicles de sabores de cuando uno era un chaval.

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  5. Aparte de ser una especie de analogía, creo que esa escena de los sopes podría ser una cadena en la que, así como a ti, al señor del casco protector alguien le pidió también que hiciera un esfuerzo.
    Ojalá se ponga de moda aceptar que las cosas tienen un valor, ¿no?
    Siempre es interesante leerte, saludos 🙂

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