Mi huella en Las Vegas

Eso de ser princesa nunca se me dio. Lo mío es vestir de mezclilla y tenis cómodos.  Como tengo un sólo vestido en mi clóset nadie podrá acusarme de ser glamorosa ni nada por el estilo. No me apasionan las bolsas ni los zapatos, tal vez mi única obsesión sea ser puntual.

Imaginen cuál sería mi angustia cuando me enteré que, como parte de las actividades de la convención en Las Vegas a la que asistiríamos mi esposo y yo, se incluía una cena formal. ¿Qué me voy a poner? dije repitiendo un famoso cliché. ¿Cómo debería vestirme para esa importante ocasión en la que, además, iría representando a mi país? Todo el asunto me pareció cuesta arriba: compré un bonito vestido blanco animada por los comentarios de mi marido, era muy pegadito y con la falda más corta de lo que jamás había usado. Cuando volví a probármelo en casa me di cuenta de que no podría usar ropa interior normal pues se marcaba to-di-ta. Hasta ese momento de mi vida cobró sentido la existencia de las fajas sin costuras y las pezoneras de silicón.

Cuando le conté a mi madre sobre este importante evento no dudó en contribuir con mi correcta presentación: me entregó una cajita que contenía el primer anillo que ella pagó con su dinero, un collar de plata que había sido de mi abuela y unos aretes prestados de mi hermana que, aunados a una pulsera de una tía constituían, literalmente, las joyas de la familia. Dicha cajita viajó pegada a mí hasta Las Vegas.

La convención inició como estaba programada. Los más de cien participantes habían llegado desde todos los continentes y mi esposo y yo éramos los únicos mexicanos en el evento. La fecha de la cena se aproximaba y yo tenía todo listo para vestirme como lo había planeado semanas atrás.

Llegado el día comencé a prepararme con suficiente tiempo; vestirme me tomó solo unos minutos y, antes de ponerme los zapatos, busqué el frasco que había comprado la ocasión. La etiqueta lo decía todo: “Medias en spray, rocíe generosamente sobre las piernas para obtener una apariencia uniforme y nacarada“. Como anticipé que el spray podría alcanzar a desprender una nube de color decidí realizar la operación dentro de la enorme tina del baño del hotel. El primer chisguete fue decepcionante, dos ríos de color negro corrían por mis piernas. Cada vez que oprimía la válvula escupía un tono distinto: amarillo, café, rosa ¿acaso el frasco contenía un muestrario de todos los colores de piel que existían en el mundo? Lo agité lo mejor que pude pero el resultado no mejoró. Para empeorar mi precaria situación mi marido tocó a la puerta del baño para confirmarme que ya era hora de irnos. No recuerdo qué fue lo que le grité, pero lo alejé con éxito.

Derrotada decidí quitarme todo el pigmento que escurría por mis piernas. Como no podía salir de la tina batallé para alcanzar  una toalla para manos con la cual comencé a frotar mis variopintas extremidades. Para mi sorpresa los pigmentos le habían tomado cariño a mi piel y rehusaban abandonarla. En mi desesperación tallé lo más fuerte que pude y terminé, cinco minutos después, con unas piernas manchadas y rojas de ardor. Para colmo mi vestido también había participado de la orgía de color ¡Mi hermoso y ya no tan blanco vestido!

Salí del baño descalza para mostrarle a mi esposo el desastre de mi persona. Comencé a llorar y declaré que no bajaría a la cena. Lo había estropeado todo. Tampoco recuerdo cómo él me convenció de cambiarme de ropa y ponerme un pantalón sobre el vestido. Me faltaba peinarme.

Cuando regresé al baño la escena me dejó horrorizada, era igualita a Psicósis. Tomé la misma toalla e intenté quitar las manchas de pigmento de las paredes de la tina, pero sólo logré extender el daño. Lo intenté con un poco de agua y jabón pero solo obtuve la apariencia de un gigantesco plato de mole mal lavado.

Angustiada por la hora decidí dejarla como estaba y bajamos al salón donde se llevaba a cabo la cena. Quería pasar desapercibida, que nadie notara mis ojos rojos y mi falta de glamour. Paso a paso comencé a relajarme, no ví a nadie vestido de manera formal, las playeras y los tenis abundaban. Uno que otro asistente usaba bermudas y chanclas. Ahora estaba a salvo, nadie me vería feo a pesar de no estar vestida como princesa.

La cena era bastante más informal de lo que esperaba, me encontraba formada en la barra del buffet cuando se acercó uno de los organizadores del evento para decirme –¡Hey, ustedes los mexicanos siempre tarde!– Sentí que sus palabras resonaron en todo el salón y yo me quería morir. Las lágrimas volvieron a asomarse en mis ojos y le contesté – I´m so sorryyyyyyyyy!!!

Sospecho que sorprendí al pobre hombre con mi sentida respuesta pues intentó consolarme diciéndome que no me preocupara, que los brasileños son más impuntuales. No sé que pasó el resto de la cena, sólo recuerdo que cuando regresamos al cuarto volví a intentar remover las manchas de la tina. Mi esposo me explicó que el personal de limpieza utilizaría un solvente especial al día siguiente. Por si las dudas llené la tina con agua para evitar que la pintura se secara.

A eso de las 3 de la mañana desperté angustiada y regresé al baño para corroborar que nada había sido un sueño. Al día siguiente todo seguía igual, nos bañamos y bajamos para asistir a la primera conferencia de la mañana. Yo pensaba con inquietud que la recamarera ya habría pasado por la habitación y trataba de imaginar cuánto nos cobraría el hotel por una tina nueva. En el primer receso corrí a la habitación y al entrar al baño me alegré al ver que la mayor parte del pigmento ya no estaba allí, excepto una muy bien definida huella* de uno de mis pies que resistió a todos los solventes.

No cabe duda de que “lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas”.

 

*Aquí dejo una pésima foto de ella.
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23 comentarios en “Mi huella en Las Vegas

  1. jajaja no cabe duda de que somos mujeres que ponemos todo el “glamur” solo en el proyecto a presentar. me sentí súper identificada contigo y me reí recordando mis propias peripecias tratando de parecer “princesa” jajajaj . Mil gracias por compartirlo y felicidades por representar al país en un evento internacional. Abrazo grande 😉

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  2. Primero, piensa en todo lo que ve (o potencialmente puede ver) una recamarera en Las Vegas. Un pie en la tina debe ser de rutina.
    Segundo, creo que es mejor cometer ese tipo de errores en los veintipocos… si llego a tener una hija, en algún momento la iniciaré en los cosméticos raros, los autobronceadores y todo tipo de exotismos femeninos para que experimente y meta la pata y aprenda a usarlos o para que renuncie a ellos por completo.
    Hace un par de meses compré una camisa nueva para un ir a una fiesta y como se me hacía tarde mi marido se ofreció a plancharla. Por un accidente terminé con una camisa blanca feamente manchada en el pecho. También iba a estrenar unos zapatos y eso fue lo evitó que renunciara a ir a la fiesta: arreglé la camisa motivada por la perspectiva de quedarme en casa sin estrenar mis bonitos zapatos. Al final lo más útil es recordar siempre que a la fiesta te invitaron a ti, no a tu camisa y que no hay nada que una buena actitud no mejore. Hakuna Matata y esas cosas.
    En general tus posts siempre me divierten pero este directamente me hizo reir. Gracias por escribirlo.

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    • Me recordaste a mi abuelito que decía “Elegancia y distinción” XD

      Sí, este post no es de freelanceo, no lo quería incluir por eso del balconeo, pero pues “Si lo sabe Google, que lo sepa el mundo”.
      Saludotes

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  3. Sufrí como precious con tu entrada! También me ha pasado que el outfit super lindo se estropée por X o Y razón… usualmente porque después ya no me gusta cómo se me ve. Afortunadamente, tu evento fue mas casualón de lo que esperabas. Un evento así pero en México y llegando hecha un desastre, augura ser la comidilla del lugar -por eso al final termino desistiendo y no voy 😦 Eres mi ídola por haberte sobrepuesto a la adversidad! 😀

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    • Hola Edgar, te platico que, aunque no soy ninguna gurú de la moda, las medias tradicionales están “out”. Lo de hoy son las piernas al natural, más aún si los zapatos son de tiritas y dejan ver los dedos de los pies.

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      • Recuerda que eso de la moda lo imponen compañias transnacionales para que consuman sus productos, las pantimedias se siguen vendiendo y se ven muy bien, independiente si estan out o no te hubieran ahorrado tiempo y sufrir tratando de quitar las manchas de tu piel, lo importante es que al final nada de eso importo ya que era informal.

        Saludos.

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  4. Jajajajajaja Leonora, reí como loca con lo de…”como un plato de mole mal lavado”
    Gracias por compartir una historía así, quién se rié de sí mismo tiene una alta autoestima.

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  5. No creo que las medias estén out, eso nada más son ondas de los modistas, pero ultimadamente si vas a utilizar zapatos sin punta ve con tus piernas del color que son, eso de broncearlas es una bobada. En especial chicas, si ya pasaron los 30’s mínimo ya debieron haber definido su estilo. Yo uso medias todos los días caladas, faldas y no me bronceo.

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