La danza de los cambios

Seguro te ha pasado que tuviste un cliente al que le encantaba hacer cambios todo el tiempo, desde el clásico “—¿Y cómo se vería si mezclas el logotipo 1 y el 3?” hasta el “—No, mira, yo creo que ya perdimos el camino con tantas modificaciones, mejor nos regresamos a la primera propuesta.”
Una amiga mía se quejaba de que tenía casi un año realizando modificaciones al sitio web de un cliente y el asunto parecía no tener fin. Otro colega se agitaba porque ya había invertido más dinero y tiempo del que tenía presupuestado para terminar un proyecto que se había convertido en un verdadero tormento. Yo odiaba a estos clientes indecisos, hasta que me senté a considerar cómo evitar llegar al callejón de los cambios interminables, que agotaban mi paciencia y desgastaban la relación. Entendí que en la mayoría de las veces somos nosotros los que permitimos que los proyectos no se concluyan en el tiempo adecuado.

A mí me ha funcionado la regla de oro que dice:

Establece los límites desde el principio

Dimensiona correctamente: No es difícil darse cuenta cuando un prospecto no tiene muy claro lo que necesita, si detectas a una persona con poca claridad sobre su proyecto debes ayudarlo a enfocar sus necesidades antes de ponerte a desarrollar propuestas como loco. Mientras mejor acoten el trabajo desde el inicio menos probabilidades tendrás de recibir cambios injustificados.
Define el número de rondas de modificaciones que el cliente tiene derecho a solicitar: Por ejemplo, puedes anotar en tu cotización, que el proyecto está sujeto a “hasta tres rondas de modificaciones”. De esta forma tu cliente sabe de antemano que deberá ajustar sus observaciones a un número finito de interacciones.
También puedes indicar el costo adicional que tendrán las horas de trabajo extra. Yo opino que no es suficiente con escribir “Todo concepto no considerado será cotizado aparte”.
Informa cláramente cuanto tiempo dedicarás a un proyecto: Salvo casos muy contados, cada trabajo que acepto lo acompaño de un cronograma que indica la fecha en la que se realizará cada parte del desarrollo, desde el día del pago del anticipo hasta la fecha exacta de las revisiones, cuándo espero cometarios del cliente y cuándo entregaré el proyecto. De esta forma el cliente sabe que existe un tiempo para solicitar cambios y un tiempo para aplicarlos.
Si no acostumbras definir un tiempo específico para la realización de cambios seguramente estarás perdiendo tiempo y dinero. Si un proyecto se prolonga más allá de lo esperado no podrás abordar otros encargos.

Piénsalo así: si tú eres el anfitrión de una cena de cumpleaños ¿te imaginas qué pasaría si tus invitados deciden que no quieren irse durante varios días? ¿tenías planeados los nuevos gastos de alimentación y alojamiento para todos? ¿o deberías simplemente informarles que la fiesta ya terminó?
Definir el tiempo también aplica para los horarios de atención los clientes deben saber que no eres un asistente que está a su disposición 7/24 (a menos que estés cobrando por un servicio con absoluta disponibilidad) Para esto, a veces es necesario que le informes cuáles son los horarios y días en los que responderás sus correos y llamadas; parece obvio, pero he tenido clientes que escriben correos el sábado a las 11 de la noche y esperan que les responda en el momento. Recuerda que hay una diferencia entre ser servicial y ser servil como lo comenta este post de Grafiscopio.

Prepárate para un cierre anticipado

Al final siempre habrá clientes difíciles que, por más que más esfuerzo que hayamos realizado, piden cambios incesantemente por diferente razones, como alguna de estas:

  • Están acostumbrados a pedir modificaciones por el simple hecho de que pueden hacerlo, piensan si van a pagar por algo deberán sacarle todo el provecho posible.
  • Son inseguros y permiten que otras personas, ajenas al proyecto, hagan comentarios con observaciones contradictorias.
  • Existen varias personas involucradas en la toma de decisiones y tienen diferentes visiones sobre el proyecto; en lugar de llegar a acuerdos piden cambios constantes.
  • No les agrada nada lo que les muestras. Es nuestro trabajo averiguar si su solicitud de cambios está justificada o si están buscando algo diferente a lo que se estableció en un principio. También existe la posibilidad de que no seamos la persona indicada para desarrollar el estilo que el cliente estaba buscando. Por esto es importantísimo que los prospectos tengan acceso a nuestro portafolios de trabajos y puedan evaluar si les gustan nuestro estilo y habilidades.

Si la cantidad de cambios no te permiten avanzar en la realización de un proyecto, y esto afecta el desarrollo de otros encargos, es posible que debas tomar la difícil decisión de concluir un trabajo antes de haberlo terminado… pero, por favor ¡¡no sólo abandones al cliente y desaparezcas!! Huir del problema no es la opción que debe tomar un profesional, yo te sugiero que hables con la persona indicada y hagas una breve descripción del estado del proyecto, expliques cuáles son tus motivos de la suspensión del desarrollo y ofrezcas una conclusión atractiva para ambas partes. Si firmaron un contrato de servicios tendrán que acatar los acuerdos establecidos como el que indica que el anticipo no se devuelve si el proyecto se comenzó a desarrollar.

Al final nadie quiere llegar a este punto, pero al igual que en una mala relación sentimental, es mejor hacerse cargo de la situación antes de que la situación se lo cargue a uno.

 

Aléjate de los prospectos misteriosos

Hace poco recibí la llamada de un prospecto que me pidió una cita para reunirnos con su jefe y darme más información sobre un proyecto fotográfico que sonaba interesante. Acordamos vernos en un punto intermedio, un restaurante de conocida cadena. Media hora después de la hora pactada aparecieron con una disculpa:
—Tuvimos que dejar el coche muy lejos porque no encontramos lugar en la calle. —Dijo el primero.
—Pero si el estacionamiento del restaurante está casi vacío. —Dije en tono de reclamo.
—Es que odio los estacionamientos que cobran.—Afirmó el jefe del primero.incógnito

Después de esa afirmación se prendió, en mi mente, el primer foquito rojo.

Ya instalados en la mesa les entregué mi tarjeta de presentación; como no recibí la suya a cambio la solicité explicitamente pero sólo escuché un “¡Uy, es que ya se nos acabaron!(Se encendió el segundo foquito rojo).

Luego, los dos prospectos de dedicaron a cuestionarme sobre mi experiencia con cierto tipo de fotografía, preguntaron si era dueña de todo mi equipo, si estaba titulada y si tenía disponibilidad para viajar. Como mi respuesta a todas sus preguntas fue afirmativa procedieron a informarme que estaban participando, a través de otra empresa, en una licitación para PEMEX y que necesitaban que les proporcionara una cotización ASAP. Confieso que en ese momento me emocioné un poco: realizar un proyecto fotográfico para una de las empresas más grandes de México sonaba muy interesante.

Entonces tomé mi pluma e intenté recabar la información indispensable para elaborar una propuesta económica, sin embargo, me resultó imposible sacarles mayores datos. Me dijeron que no tenían información detallada sobre el proyecto,  pero que necesitaban les proporcionara una cotización con la lista de precios de mis servicios.

Yo contesté de manera automática: “No manejo listas de precios,  analizo las características específicas de cada solicitud y elaboro propuestas a la medida.” Como mi respuesta no los dejó muy contentos les propuse enviarles algunos ejemplos de proyectos complejos para que se dieran una idea del tiempo de desarrollo y los precios. Ofrecí enviar la información a su correo electrónico que, sin sorpresa, resultó ser un correo de Hotmail (ahora ya se había prendido una alarma en mi mente).

—Oye Javier ¿me regalas la dirección de la página de internet de tu empresa? – Pregunté con tono de desconfianza.
—Esteee… es que no la vas a encontrar. Somos la Empresa XYZ, pero perdimos el dominio porque alguien nos lo quitó ¡pero ya lo vamos a recuperar!—Contestó con risa nerviosa.
—Ok ¿me regalas algún número fijo de tu oficina?—Le dije bastante seria.
—Ya tienes mi celular, ese lo cargo para todos lados.— Definitivamente ya estaban sonando en mi cabeza las alarmas de ¡¡Cliente malo a la vista, cliente malo a la vista!!

No sé qué cara puse en ese momento pero el jefe desvió la conversación diciéndome que ellos “querían jugársela conmigo, pero que no era la única a la que le estaban solicitando una cotización“… pobrecitos, pensaron que con esa afirmación yo me preocuparía, pero todo lo contrario: fue justo en ese instante cuando tomé la decisión de no trabajar con ellos. Abracé mi rica taza de café y dejé que la reunión terminara con la poca inercia que aún tenía.

Como ya no estaba mostrando interés, los dos prospectos intentaron torpemente atraer mi atención “bombardeándome” con información que terminó por asustarme:
—Tenemos un contacto buenísimo adentro de PEMEX y ya tenemos prácticamente ganada la licitación.
—Nuestro socio capitalista ya rentó una oficina especial para este proyecto, en cuanto salga la primera orden de servicio ya te podremos dar datos más específicos del trabajo.
—Tal vez necesitemos que te vayas a trabajar allá durante una semana… o dos meses.
—Mira, en el fondo lo que necesitamos es tener dentro del equipo a un diseñador gráfico con cédula profesional que tenga experiencia comprobable de, por lo menos, dos años en trabajo fotográfico.
—Y si tú no puedes hacer el trabajo no importa, basta con que lo supervises.
—No requieres hacer el trabajo personalmente, lo que necesitamos es que nos envíes tus documentos y nos firmes unos papeles.

En ese momento agradecí la interrupción de la amabilísima mesera que me dio oportunidad de fingir que estaba recibiendo una llamada que me obligaba a dejar la reunión inmediatamente.

Mientras me despedía uno de los prospectos me solicitó que la siguiente cita la llevaramos a cabo en mi despacho ¡el horror! La verdad no quise prolongar la agonía así que les confirmé que prefería no trabajar en un proyecto que sonaba más grande de lo que podría atender y que no me acordaba dónde había dejado mi cédula profesional.

De regreso repasé lo que había sucedido en esa reunión y confirmé que había tomado la decisión correcta. Nunca debo trabajar para personas que se hacen las misteriosas y que eluden dar información clara sobre su empresa; que hablan de proyectos “enormes” y no tienen dinero ni para pagar el estacionamiento.

Al final nunca me enteré a que se dedican exáctamente, tal vez solo eran intermediarios que buscan reunir equipos de trabajo para crear empresas fantasmas que cubran, en papel, los requisitos para ganar alguna licitación. Triste realidad.

La SEP: a todos dice que sí, pero no les dice cuando

Es increíble la cantidad de freelanceros a los que la Secretaría de Educación Pública les debe dinero. Hace pocos días me reuní con un grupo que representa a cincuenta profesionales afectados por la falta de pago: ilustradores y editores que trabajaron, durante el 2013, para diferentes publicaciones de primaria y secundaria. Parece que es una costumbre de la SEP deber los honorarios de algunos cientos de colaboradores.

Las historias que estos trabajadores independientes me contaron son similares:

Durante el primer semestre del 2013 recibieron una invitación para participar en la creación de diferentes textos. Algunos se enteraron de esta convocatoria a través de solicitudes informales en Facebook.

Una vez asignados los proyectos los freelanceros comenzaron a trabajar sin haber firmado un contrato de servicios, en ese momento nadie tuvo un documento oficial que avalara su participación en las publicaciones. Actuaron de buena fe porque confiaron en la SEP.

Como estos proyectos editoriales eran urgentes, los ilustradores y editores dedicaron todo su tiempo a la realización de los textos que los niños y adolescentes de México reciben en sus aulas todos los años.

En ese momento, los colaboradores desconocían las tarifas de pago de la SEP; algunos tenían una somera idea de lo que recibirían y sólo pocos habían acordado, de palabra, el monto de sus honorarios.

Las prisas, los cambios súbitos de personal en la SEP y su mala organización para asignar el trabajo contribuyeron para crear un clima de confusión y frustración entre los freelanceros. Algunos de ellos simplemente optaron por abandonar sus encomiendas, pero la mayoría, motivados por su sentido de profesionalismo, hicieron lo necesario para cumplir con sus compromisos con la SEP, aunque no mediara ningún documento oficial.

Una vez entregados los trabajos los ilustradores y editores comenzaron a recibir información diversa al respecto de sus pagos: que si primero debían enviar una cotización, que si deberían esperar 15 días, que si la persona a cargo del proyecto había sido despedida… y así pasaron varios meses.

Para diciembre del 2013 la preocupación era general, a todos les decían que sí les iban a pagar, pero el personal de la SEP no se comprometía por escrito a dar una fecha concreta:

Sobre el particular le comentó que su trámite ya está en el administrativo correspondiente y estamos a la espera de la indicación, para proceder al pago.”

A principios del 2014 ya era evidente que para la Secretaría de Educación Pública no era una prioridad cumplir con sus compromisos adquiridos durante el 2013, peor aún, muchos de los empleados que convocaron y coordinaron los proyectos habían sido “removidos” de sus puestos. Entonces los freelanceros se encontraron en la peor situación de todas: sin un documento que avalara su trabajo ahora tienen que lidiar con nuevos funcionarios que, al respecto, sólo quieren lavarse las manos.

En febrero varios ilustradores decidieron unirse para enviar una carta dirigida a la Maestra Alba Martínez Olivé, Subsecretaria de Educación Básica. No recibieron respuesta.

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Entonces tuvieron la buena idea de hacer una Protesta Ilustrada con la que denunciaron su situación en las redes sociales. Ese mismo día la SEP los convocó a una reunión urgente. En ella les prometieron, otra vez de palabra, que sus pagos saldrían a mediados de Marzo. Pero llegada la fecha les dijeron que tendrán que esperar hasta mediados de abril o mayo para recibir su dinero.

 

El colmo

Las excusas de la para no pagar que da el personal de la SEP son: “Es que no hay dinero, el recurso no está asignado”, “Lo siento mucho, pero yo acabo de llegar y apenas me estoy enterando del problema”. También han echado mano de las técnicas dilatorias para prolongar la espera: “Es que para pagarte tienes que ir al INDAUTOR a registrar tu obra y luego necesitamos que nos envíes una cotización con todos tus papeles, entonces ya veremos qué se nos ocurre para hacerte dar más vueltas”.

Algunos de los freelanceros han recibido solicitudes extraoficiales para acordar un pago menor o de plano aceptar dinero no fiscal, o sea en efectivo, de parte del Instituto de Investigaciones Educativas. Una de las áreas contables de la Secretaría corrió el rumor de que será hasta diciembre de este año cuando algunos afectados recibirán sus pagos.

En una reunión con los editores una empleada de la SEP les dijo: “Miren, ahorita no les vamos a pagar ¡pero les vamos a dar más trabajo!”

#SEPpagame

No sé a ustedes, pero a mí me indigna la forma en la que los freelanceros somos ninguneados en este país, peor aún que sea por una institución educativa que debería de practicar los valores que promueve en sus publicaciones: respeto, justicia y honestidad.

Por otro lado me enorgullece que existan profesionales independientes que decidan exigir sus derechos en forma organizada. Gracias a ellos, y al ruido que han generado en los medios, ahora  sabemos de lo mal que se les ha tratado, nos enteramos las mentiras que les han dicho y conocemos de la desorganización administrativa de la SEP.

Desde este pequeño espacio en la web los invito a que nos unamos al reclamo de nuestros compañeros freelanceros mediante el hashtag #SEPpagame. Por favor sigamos haciendo ruido y reclamando una solución inmediata al problema.

El lado positivo

Esta experiencia ha sido muy desgastante, sin embargo, un grupo de editores afectados ha decidido ver el lado positivo y están planeando crear una Asociación Civil que, a través de un Colectivo, brinde asesorías legales y fiscales a los trabajadores independientes. También tienen interés en organizar talleres profesionales  para sus colegas.

Un último comentario

Estas últimas palabras van dirigidas a los freelanceros que, aunque también afectados por la SEP, han decidido mantenerse callados. Ustedes que se han sido “cautelosos” por miedo a que los vayan a vetar, les confirmo que, si algún día reciben el pago de sus honorarios, será, en mayor medida, gracias a sus colegas que prefirieron exponerse y llamar la atención.

Para cambiar la cultura del trabajo freelance tenemos que empezar respetando nuestro trabajo.

No ofrezcas cosas que no haces

Mi delicioso caldo de menudencias.

Mi delicioso caldo de menudencias.

El viernes pasado fuimos a comer deliciosos caldos de pollo a un restaurante especializado en este tipo de brebajes. La carta es clara y concisa: ofrecen caldos de cualquier parte del pollo, algunos refrescos y pocos postres. No necesitan más, tienen buen sazón, sus precios son correctos, los meseros son eficientes y el local siempre está lleno.

Mientras nosotros nos atiborrábamos con las enormes tortillas y las ricas salsas llegó un grupo de tres personas que pusieron en evidencia una gran debilidad del negocio. El intercambio con el mesero fue más o menos así:

– Oye, me dijeron en la marisquería de junto que este negocio es de uno de los hermanos y que aquí podíamos pedir platillos de allá.– Afirmó uno de los comensales recién llegados.
– Esteeee… sí señor, ahorita le paso la carta de la marisquería.

Pasado un momento regresa el mesero a tomar la orden.

— ¿Qué les voy a traer?
— Yo quiero unas tostadas de ceviche ¿le ponen perejil?– Dijo el primero.
— Sinceramente no sé señor.— Resopló el mesero.
— Pues ve a preguntar, aquí te esperamos.

El mesero hace una mueca de desagrado y le pide a otra mesera que lo cubra mientras corre al local de al lado.

En ese momento nosotros terminamos de comer y no podemos pedir la cuenta porque el mesero salió del restaurante. Cuando regresa no nota que ya tiene a dos mesas intranquilas que necesitan ser atendidas. Por el momento su prioridad son las personas que están pidiendo platillos de la marisquería del hermano del dueño del local.

— Me dice el cocinero que el ceviche sí lleva perejil. — Confirmó el mesero.
— Bueno, a mí me lo traes sin perejil. — Indicó el primero.
— A mí me traes un pescado empapelado. — Pidió el segundo.
— Y yo quiero los pulpos en su tinta y una cerveza. — Remató el tercero.
— Lo siento señor, quí no vendemos cerveza.— Se disculpó el mesero.
— ¡Pero en la marisquería siempre pido cerveza!— Reclamó el comensal.
— Es que aquí no tenemos el permiso…—Continuó el mesero.
— Tráeme una Corona, ándale, nadie se va a dar cuenta.— Insistió el cliente.

En resumidas cuentas el atarantado mesero tuvo que lidiar con clientes que no pidieron platillos que preparan su restaurante, necesitó correr varias veces al local de junto lo que le valió que sus otras mesas se desesperaran porque no estaban siendo atendidas como se debe. Y probablemente no recibirá propina porque no consiguió que el cocinero le quitara el perejil al ceviche y terminó regañado porque no pudo servir una cerveza.

Ojo, el problema no es del pobre mesero que, me consta, hizo todo lo necesario para atender a las extraviadas personas que decidieron pedir mariscos en un restaurante de caldos de pollo. El problema lo generaron los hermanos, dueños de negocios contiguos que tuvieron la “brillante” idea de ofrecer, ambas cartas en los dos locales. En teoría la idea suena bien, pero en la práctica es un completo despapaye; o sea, un gran relajo agravado por la desorientación de las partes que da por resultado clientes insatisfechos y empleados agobiados.

¿Y qué tienen que ver los caldos de pollo con el trabajo del freelanceo? te estarás preguntando.

Sucede que hace tiempo, cuando ofrecía el servicio de diseño de identidad corporativa, gran parte de mi esfuerzo lo dedicaba a supervisar y corretear un servicio que yo no realizaba: la impresión de todo tipo de soportes relacionados, desde folletos y tarjetas hasta la elaboración de calendarios de cursos y boletines internos. Nada que no pudera manejar, hasta que uno de mis clientes, que alguna vez me pidió un logotipo, me encargó que le elaborara una caja de luz gigante con sus respectivas lonas. Invertí mucho tiempo en coordinar su hechura, rentar una camioneta para transportar la caja de luz hasta Pachuca, supervisar su montaje y lidiar con los detalles que se no podía preever, como la necesidad de agujerar las lonas para evitar que el anuncio saliera volando debido a los fuertes vientos de la localidad.

Después de la tercera vez le dije a mi cliente que mejor contactara con el fabricante de las cajas de luz y el impresor de las lonas, pero él me dijo que no le interesaba trabajar directamente con esos provedores, que para eso me pagaba a mí, para que resolviera completo el proyecto.

“Zapatero a tus zapatos”

Después de hacer una evaluación cuidadosa tuve que despedir a este cliente, no estaba ganando lo suficiente como contratista de cajas de luz para anuncios. Además estaba descuidando a mis otros clientes que me buscaban por mis servicios de diseño. Fue interesante aprender a hacer cajas de luz gigantes, pero no extraño estar subida en una escalera, a la mitad de la carretera, gritándole a un electricista que hacía lo que quería.

Obviamente se pueden ofrecer servicios integrados con otras disciplinas, siempre evaluando que el porcentaje de tiempo, dinero y esfuerzo no sean mayores a los de nuestra área de experiencia. No caigas en la trampa de “darle servicio al cliente, no importa lo que pida”, podrías terminar como el mesero de la historia.

 

 

¿Más vale cliente malo conocido que bueno por conocer?

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La semana pasada recibí la llamada de un antiguo cliente al que le había perdido el rastro; tras darnos los respectivos parabienes por el nuevo año procedimos a la tradicional queja de siempre: el año está empezando lento para los negocios. Acto seguido me pidió que le enviara una cotización para un proyecto que le solicitó uno de sus peores y más viejos clientes.
La plática fue más o menos así:
 

– ¡¿Todavía estás trabajando para ellos?! ¿después de que dejaron de pagarte
  durante meses y luego te salieron con que querían más descuentos?– Le pregunté.
– Es que son mi cliente más grande y pues no les puedes decir que no.– Replicó.
– Pero, además ¡se llevaron a tu diseñadora estrella a trabajar a su corporativo!
– Sí, ya sé, ahora ella nos llama para corretearnos, je, je.
– Luego me enteré de que parte de tus proyectos se los dieron a otro despacho.
– Sí, ya ni me digas. Pero pues no queda más que aguantarse.
– Ay Iván, creo que te gusta ser un proveedor golpeado.

Así como en nuestras relaciones sentimentales tenemos predilección por cierto tipo de personalidad, también nuestras relaciones profesionales suelen presentar patrones de conducta que no son ni casuales ni saludables.

Dicen que los diseñadores gráficos somos muy sufridores y que nos gusta quejarnos de que nuestros clientes son unos malditos que no pagan y nos hacen la vida imposible, pero ¿no será que estamos escogiendo a los clientes incorrectos, una y otra vez?

Alguna vez me quedé viendo un programa sobre violencia doméstica en el Canal 11, me pareció dramático escuchar varios testimoniales de mujeres que habían sido maltratadas por sus parejas durante años. Cada vez iban permitiendo mayores vejaciones hasta que terminaban en el hospital, abandonadas o muertas. Cuando la conductora les preguntó porque permitían esos abusos ellas dieron explicaciones muy sentimentales, pero, después de reflexionarlo, varias aceptaron que era el interés económico el que las tenía amarradas a una persona que, ni de lejos, era la que debía estar a su lado.

Ya en otro post he escrito sobre las señales que debemos detectar cuando un prospecto nos contacta. Los freelanceros no podemos darnos el lujo de aceptar trabajar para una persona que tiene un alto potencial de volverse un mal cliente, Time is money, honey.

Pero como “hasta al mejor cazador se le va la liebre” es posible que el prospecto en cuestión no haya disparado las alarmas hasta que ya está muy avanzada la relación. Entonces, si un cliente se volvió una mala inversión ¿cuál es la maldita justificación para continuar trabajando con él? ¿masoquismo? ¿miedo? ¿hambre?

Más vale malo conocido que bueno por conocer

Esta es la frase predilecta de los mediocres que prefieren lidiar con un cliente abusivo al que ya le “conocen sus mañas” y ya saben lo que le gusta y cómo le gusta. Aquí el poco esfuerzo invertido por parte del freelancero parece justificar una relación mala, como una vieja amistad con una persona que nos cae bastante mal, pero a la que ya estamos acostumbrados. El esfuerzo que le dediquemos a buscar nuevos clientes será recompensado con un refrescante cambio que nos permitirá crear una buena relación desde las primeras etapas.

Otra pésima razón para no despedir a un cliente malo es el miedo a quedarnos sin trabajo para siempre: –Si dejo a mi cliente más grande me voy a quedar sin chamba. Lo malo de esa postura es que los clientes malos “saben oler el miedo” y pueden manipularnos a su antojo con frases como –Huy, está muy caro, voy a ver quién me lo hace más barato. O –Ándale, apóyame en este proyecto para que te consiga más pedidos.

Y luego está el diseñador que piensa que merece que lo maltraten porque está recién salido de la universidad, porque cree que no está a la altura del cliente o simplemente porque tiene la autoestima bajísma y acepta trabajar para clientes que no tienen el más mínimo aprecio por el ejercicio profesional de un trabajdor independiente. Para muestra este botón que circula en Facebook, donde se muestra un claro desprecio por el trabajo de diseño, rebajándolo al estátus de un hobbie que nadie se toma en serio.

Lovely Store

¿Qué tal si el tiempo dedicado a quejarnos de esos clientes lo empleamos en buscar nuevos prospectos? De esos que retan nuestra creatividad, aprecian nuestro servicio profesional y pagan por ello. Sí, ya sé que no está facil, pero nadie va a venir a hacerlo por nosotros así que ¡a darle átomos!

¡Está muy caro! dijo un cliente

Si ya llevas un rato en este negocio del freelanceo seguramente ya te habrás topado con algún cliente que, después de recibir la cotización te contesta fríamente – Está muy caro.–
Yo confieso que, en las primeras ocasiones que me ocurrió, entré en pánico y corrí a bajarle el precio a lo que sea que estaba cotizando, así, sin razonar nada, nomás porque al cliente le pareció cara mi propuesta. Error.

Analicemos qué cosa es “caro”

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Estrictamente hablando, algo es caro cuando no vale lo que cuesta. por ejemplo, una quesadilla de papa*, en un puesto de la calle,  que cueste $60 pesos ¡es cara! porque no vale lo que cuesta. Pocos pagarían más de $20 pesos por una queca.

Ahora pensemos que el precio de una mansión en Beverly Hills es de 3 millones de USD ¡Qué cara! pensarán muchos. Pero están equivocados: el que uno no lo pueda pagar no significa que sea cara. Probablemente un agente especialista en bienes raíces sepa que el precio de la mansión es una ganga: vale más de lo que cuesta.
Entonces ¿qué hacer cuando un cliente te dice que le parece caro tu trabajo?
Primero que nada tú debes de estar seguro sobre tus costos, es importantísimo que sepas que los precios que ofreces son justos y que se encuentran dentro de los precios de mercado de tu servicio.
  • Si tú estás dando un precio justo y el cliente piensa que está caro es probable que se deba a que no le queda claro porqué cuesta “tanto”, entonces es tu responsabilidad explicarle cláramente por qué tu trabajo vale lo que quieres cobrar.
  • También puede suceder que el cliente piense que tu servicio es “caro” porque no sabía lo que valía su solicitud y no tenía presupuestado gastar esa cantidad. Aquí también es tu responsablidad explicarle por qué tiene ese precio y, si el caso lo amerita, puedes ofrecerle un menor precio si se eliminan partes del proyecto.
  • A veces simplemente el cliente no tiene el dinero necesario para cubrir tus honorarios. Un cliente que no puede pagar tus servicios, desafortunadamente, no es tu cliente. A mí me encantaría que el coche de mis sueños costara menos de $100 mil pesos, pero no por eso me harán un descuentote el día que me pare en una concesionaria automotriz; entonces deberé ser más realista en mis aspiraciones o tendré que comenzar a ahorrar.
  • En algunas ocasiones el cliente simplemente no quiere gastar lo necesario en su proyecto, en ese caso deberás hacer caso del dicho que reza “Deja libre a tu cliente, si regresa a ti, es tuyo; si no, nunca lo fue.
  • Muchos clientes saben, que decirle a alguien que “está muy caro” es una receta secreta para que le den un descuento automáticamente. Y muchos novatos caen redonditos. Sin embargo, si tus precios son correctos y justos no deberás prestarte ese juego: es fatal trabajar por debajo de tus costos, te haces mucho daño regalando tu trabajo y le haces daño a tu gremio.
*Que conste que estoy consiente de que al mencionar una quesadilla sin queso me presto a múltiples reclamos de los gourmets que no viven en la Cd. de México.

Cuidado con las citas en lugares inusuales

Después de tantos años de trabajar como freelancera tengo anécdotas de casi todo tipo. El otro día mi esposo y yo estábamos haciendo un recuento de los lugares raros donde nos han citado los clientes para una primera cita, para hace un reconocimiento o scouting de un lugar o para hacer una entrega. Llegamos a la conclusión de que debemos ser muy cuidadosos a la hora de hacer una cita con un prospecto en lugares poco comunes porque suelen terminar en situaciones difíciles.

No me refiero a visitar a prospectos en lugares “pintorescos” de la ciudad; mi esposo tuvo un cliente cuyas oficinas estaban en el corazón de la zona roja de La Merced (un barrio muy popular de la Cd. de México). Nada de qué espantarse, si no fuera porque el cliente en cuestión era un desarrollador inmobiliario muy rico de la zona de Interlomas (una de las zonas más caras de los suburbios de la misma ciudad). Simplemente el contraste de ambiente urbano no era la mejor elección.

Hace varios años nos contactó una pequeña agencia de publicidad para que elaboráramos una presentación interactiva de una nueva infraestructura de gobierno. La primera cita de trabajo sería a las 7:00 de la mañana, a la orilla de una carretera del Bajío. Las instrucciones que nos dieron para llegar fueron completamente vagas y el punto de encuentro se acordó en “el acceso a la obra”. Salimos de la Cd. de México a las 3:00 de la madrugada para llegar puntuales. Todo hubiera salido según lo acordado si no fuera porque, en esa época del año, a las 7:00 de la mañana estaba completamente oscuro, no había un solo señalamiento y existían dos “entradas a la obra” separadas, una de la otra, por cuatro kilómetros. Para terminarla de amolar teníamos contratado nuestro servicio de celular con Pegaso (compañía que ya ni existe y cuya cubertura, en el 2007, era muy mala). Como no servían nuestros celulares anduvimos vagando por una carretera con niebla por espacio de una hora, hasta que por fin nos topamos con los chavos de la agencia, o por lo menos eso creí cuando un Jetta negro nos hacía señas para que nos orilláramos. Pensándolo en retrospectiva ¡qué carajos hacíamos a esas horas parándonos a la mitad de la nada! por suerte no fuimos secuestrados por ningún comando armado.

Quince minutos después estábamos, junto a un funcionario del Estado de Guanajuato, viendo, con ojos vidriosos, una plancha de concreto, sin ningún chiste, como de 500 m2 donde, algún día, existirían unas mega oficinas y un centro de distribución. Mi quijada llegó al piso ¿para eso nos habían citado? ¿para ver un pedazo de llano aplanado? ¿y eso para qué nos servía a nosotros? Ni siquiera se podría tomar una foto decente del lugar.

De regreso, cual cereza en el pastel, tuvimos un problema horrible en la carretera: justo en un cambio de velocidades ¡¡me quedé con la palanca en la mano!! mi esposo no me creyó hasta que la levanté en vilo hasta a la de nuestros ojos. Entonces, cual avión sin motor, me detuve en un camino de tierra… otra vez, a la mitad de la nada y sin cobertura de celular. Lo mejor de ese día fue el maravilloso ingenio de mi marido que, después de revisar la conexión de la caja de velocidades y su palanca, se dió cuenta de que un tripié que llevábamos, tenía un tornillo del mismo calibre del que se safó. Hizo maravillas para colocarlo en el lugar correcto y pudimos regresar en una sola pieza.

Al final ese tremendo viaje no redituó en un proyecto atractivo, pero me convenció para cambiar de compañía telefónica. Actualmente, con los servicios de GPS y Google maps dudo que nos perdiéramos, pero también dudo que aceptaría ir tan lejos y tan temprano para ver algo que no valía la pena y que tampoco influía en mi trabajo.

Otro lugar que nunca debemos aceptar como punto de reunión con un prospecto desconocido es la calle, como lo platiqué en una entrada anterior (Terrorífica cita con un prospecto).

También debemos de desconfiar de prospectos que se presentan como miembros de alguna compañía, pero que jamás nos citan en sus oficinas. Tuve la mala fortuna de verme varias veces con un fulano en diferentes cafeterías, pero nunca en su oficina. Al final, cuando le entregué el proyecto, se desapareció y se llevó mi factura con la promesa de comenzar a tramitarla. Cuando llamé a su empresa me dijeron que ya no trabajaba allí ¡desde hacía dos años! y a mí, por supuesto, ni me conocían.

Si tu cliente tiene una oficina, despacho, trabaja en una tienda, local o empresa, nunca debes aceptar hacer citas en su casa y menos fuera del horario de oficina. He escuchado historias de terror de diseñadores freelanceros que, por andar quedando bien, se prestan a muy malos entendidos cuando aceptan visitar al cliente en su departamento, en sábado, a las 8 de la noche… Ser profesional independiente no implica que te debas prestar a los caprichos o movidas chuecas de los clientes.

En otra ocasión me contactó un señor para que fuera a hacer unas fotos de una casa que quería vender en el Ajusco. No me dio la dirección exacta y me pidió que lo viera en una tienda de conveniencia que estaba de camino. Desde que llegamos a la casa me quedó claro que allí vivía un artista con mucho dinero, o un político o de plano un narco. Había cámaras de seguridad por todos lados, el personal de seguridad me vigilaba todo el tiempo y yo tenía una mala corazonada. Cuando me pude meter al baño le envié a mi esposo la dirección del lugar donde me encontraba, no fuera a ser la de malas. Al final no pasó nada, pero me pidieron con insistencia que, una vez entregado el trabajo, borrara las fotos originales… ayayayayay.