Renovarse o morir

Ruinas de la ciudad

Si tú tienes más de 33 años habrás vivido en carne propia la experiencia que era ir al cine cuando éramos niños/ jóvenes. A los que tienen menos de 30 les contaré lo que significaba asistir a una función en la Cd. de México. Para empezar, las películas más taquilleras se estrenaban con varios meses de restraso, casi siempre las distribuidoras aguantaban a que fuera Navidad para proyectar “estrenos” como Star Wars. Si bien nos iba, porque había otras que se estrenaban con años de diferencia.

Los cines eran gigantescos, las filas para comprar los boletos eran kilométricas y los revendedores pululaban: recuerdo a mi pobre madre formada desde la mañana para  comprar las entradas para ver E.T. a las las 18:00 hrs. ¿se acuerdan que las funciones tenían horarios fijos en todos los cines?

Y cómo olvidar a las móndrigas taquilleras se las ingeniaban para tardarse años cuando iban al baño y cerraban la taquilla justo cuando ya estabas a punto de llegar. El cancerbero de la puerta ¡perdón! el señor de la entrada, que por lo general era un gordo de traje, de lentes oscuros, patillas setenteras y reloj de oro, te tomaba los boletos apoltronado en una butaca que quien sabe como había llegado hasta la entrada del cine.

Una vez adentro tenías que ponerte súper ducho para que la gente que atendía la dulcería te quisiera vender una Copa Holanda tibia o las tradicionales palomitas del día de ayer, y que ni se te ocurriera reclamarles que tu bolsita estaba medio vacía, porque ponían cara de que llamarían al “amabilísimo” boletero para atender tu queja.

Si no habías sido de los primeros en llegar a la sala ya sabías que estabas condenado a ver la película desde la infame primera fila donde se agolpaban los chamaquitos que retozaban cual gremlins en la rampa de la pantalla. O tal vez te tocaría separarte de tus acompañantes porque no había lugares contiguos gracias a que muchas personas llevaban allí varias horas sentadas, disfrutando de la permanencia voluntaria o porque, aunque siempre lo negaron los administradores de los cines, era su costumbre vender boletos de más. Varias veces me tocó ver películas sentada en las escaleras de los pasillos o, en los casos más patéticos, debajo de una gotera.

Como el precio de los boletos estaba controlado por el gobierno, los dueños de las salas invertían lo menos posible en las instalaciones, los asientos estaban llenos de agujeritos cortesía de los cigarros que la gente se fumaba sin pudor  mientras veían la última entrega de Disney; los pisos tenían un práctico antiderrapante formado por capas de chicles, refrescos derramados y vaya usted a saber qué otras cosas orgánicas. Los baños los evité en la medida que mi vejiga lo permitió.

Recién estrenada mi mayoría de edad me tocaron las funciones en el enorme cine Latino o el cine Paris, donde, para tratar de evitar el faje y agasaje de las parejitas, dejaban prendidas las luces de la sala durante toda la función.

En el circuito de cines clubes de centros culturales o la Cineteca tampoco cantaban mal las rancheras.

Y ya estábamos resignados cuando…

Ir al cine era una experiencia agridulce, hasta que llegó 1995 y se estrenó el primer Cinemark en el centro Nacional de las Artes. La verdad fue un gran acontecimiento, pero más sonado por el numerito que montaron los miembros del Sindicato de Trabajadores de la Industria Cinematográfica (STIC) que pretendían impedir el paso de los espectadores atraidos cual polillas por la luz de un nuevo tipo de cine. ¿Deveras creían tenían autoridad moral para reclamar sus plazas en los nuevos cines? ¿era posible que pensaran que serían aceptados bajo la condición de que “yo sólo puedo vender dulces, pero, por contrato no puedo hacer otra cosa”? ¿en realidad tenían idea del cambio que se avecinada?

Yo sólo les puedo decir que la primera película que ví allí, fue StarTrek: Generations y la escena de inicio jamás se me olvidará, justo el el minuto 2:17 mi marido y yo brincamos de nuestras butacas ¡era increíble poder ver una película con el sonido como debía de ser!

Y ya no había marcha atrás

Una vez que se prueba lo bueno, lo mediocre pasa a una categoría inferior. Muchos estábamos dispuestos a pagar más por una experiencia mejor, hasta ese momento desconocida.

¿Y qué tiene que ver toda esta historia con el trabajo de Freelanceo? pues es un recordatorio de si nos instalamos en la cómoda medianía y no aspiramos a ofrecer un servicio renovado, simplemente porque pensamos “que la gente no lo pagará” estamos condenados a un estancamiento profesional que nos alejará de proyectos más interesantes y mejor pagados. Obviamente se necesita tiempo, dinero y esfuerzo para mantener actualizadas nuestras destrezas. En el caso de los Freelanceros la capacidad de adaptación es una de nuestras principales fortalezas y ¿sabes qué? no es opcional: ante los nuevos los requerimientos de los clientes “te aclimatas, o te acli-mueres”.

Y para los que se vean tentados a contarme chistes que incluyan balas perdidas en cines, chalecos antibalas, etc. les aviso que ya están pasados de moda.

12 comentarios en “Renovarse o morir

  1. Yo tengo la historia de un cine de aqui con una mega plaga de ratas…ahora es tienda del sol..
    Pero volviendo al tema, muchos olvidan tener en sus finanzas un guardadito para renovacion (de equipo y cursos de actualización). Mas si depende de la tecnología, pues rápido caducan programas y se debe saltar con los cambios de generacion

  2. Pingback: Renovarse o morir | FiscalMexGroup

  3. Pues en Mazatlan estaban el cine Zaragoza, alias el. Sarnagoza alias el mata ratas, o el Reforma alias el piojorma.

    la condición de estos cines era deplorable, viejos teatros, y pues, mis papás no Nop dejaban ir ahí, pues salía más cara la visita al hospital que la entrada al cine.

  4. chula yo si tengo mas de 33(como 8+ jajaja) y me remontaste a mil historias del cine, con mi papa y mi abuelita.
    Me hiciste el dia recordando todos esos momentos!!! gracias

  5. Tan cierto lo que comentas, siempre ir adelante en cómo mejorar, adaptar al cambio y hacer llegar a los clientes, tu producto, tu diseño.
    Yo ya estoy en el cuarto piso, jejeje y sí recuerdo tanto lo que dices de los cines, incluso te puedo decir que todavía sobrevive uno que otro con esas características, cómo ves?
    Saludos Leonora, un gusto leerte.

  6. Jajaja… Apenas me estoy chutando todas tus entradas y debo decir que me han resuelto muchas dudas.
    Volviendo a lo del cine, yo vivo en una comunidad de Celaya y acá venía un trailer donde ponían una manta blanca y la proyectaban quien sabe cómo al aire libre. Siempre venían en tiempo de lluvias, todos como sopa viendo “La camioneta gris”

  7. Uno tenia sus preferidos, en mi caso era el metropolitan, con su mega pantalla mas grande que cualquier Imax actual y el palacio chino, algunos de los multicinemas gemelos, el cine Diana, el real cinema, como dices toda una experiencia las mega filas y los toblerones, a veces uno piensa que no hay manera de evolucionar algo y llega alguien y lo cambia todo! Grandes recuerdos, grandes cintas y grandes citas!

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