Claroscuros del Festival de Globos de Cantolla

festival

El pasado fin de semana asistí por primera vez al Festival Multicultural de Globos de Cantolla de Tlacotenco donde viví, junto con mi esposo, una mezcla de maravillas y horrores.

Primero las maravillas

Llegamos cerca de las 15:00 hrs del sábado al parque El Ocotal* donde rápidamente nos indicaron donde debíamos estacionarnos. El evento se veía muy atractivo: una gran explanada verde albergaba un escenario con luces y sonido bien puestos, a la derecha varios foodtrucks ofrecían comida de lo más variado, al otro lado se ubicaba una gran área techada donde pequeños stands vendían postres de todo tipo, antojitos mexicanos, cervezas, pulque y artesanías. El lugar rebosaba de visitantes: familias completas que no olvidaron a los abuelos, parejas jóvenes que disfrutaban de gigantes micheladas y niños que ya querían volar sus globos de Cantolla.

Se presentaba un espectáculo de aves de rapiña mientras reuníamos nuestros artículos para acampar. Comenzamos a caminar y caminar mientras buscábamos algún rinconcito alejado para instalarnos, pero parecía que todos los sitios estaban ocupados, el paisaje era el de un multifamiliar altamente poblado, en varios sitios las tiendas de campaña estaban instaladas a menos de un metro de sus vecinos. Continuamos subiendo por la vereda hasta que, trescientos metros más adelante, nos instalamos lo más alejado que pudimos de las tiendas de campaña vecinas.

GloboAl regresar a la explanada principal disfrutamos una asombrosa exhibición de aviones gigantes de control remoto. Los visitantes continuaban llegando y el evento lucía muy bien organizado. Procedimos a darnos vuelo con los antojitos mientras una banda acompañaba la primera tanda de elevación de globos gigantes. Es emocionante ver volar estas laboriosas obras de papel de china multicolor. Algunos de ellos tenían sorpresas como explosiones de serpentinas y confeti metalizado.
Los episodios de lluvia no enfriaron los ánimos de los asistentes que continuaban llegando al parque. La fila para el taller de globos de Cantolla era de varias decenas de personas que pacientemente esperaban su turno, algunos llevaban formados más de una hora, pero valía la pena esperar: todos querían tener su propio globo para el lanzamiento masivo durante la Noche Mágica.

Comienzan a aparecer los primeros horroresbaños

Todos sabemos que, cuando vamos de campamento, hay que adaptarse a las circunstancias: no podemos esperar las comodidades de nuestra casa, pero el servicio de baños que ofrecía el evento era absolutamente ridículo: por $5 pesos pude subir a la antesala del infierno, una plataforma inestable con unas tazas de baño rebozadas de ya saben qué; las puertas eran unos plásticos totalmente inútiles y a la salida se ofrecía una palangana con agua negra para lavarse las manos. Del olor ni les digo (ya les platiqué de la variedad gastronómica del lugar). Los otros dos servicios de baños eran muy similares. Fue entonces cuando comprendí porqué muchos optaron por ir a desahogar sus cuerpos en el sembradío que se encontraba detrás del escenario :(

Los visitantes continuaban llegando y el caos de automóviles era total, como ya no había espacio en el estacionamiento principal, los coches comenzaron a invadir las zonas de acampar, dejando el auto aventado donde se pudiera. Me gustaría saber quién fue el idiota que se estacionó su camionetota sobre una parcela de papas.

Caída la noche todos participamos de la elevación masiva de globos, verdaderamente se sentía la buena vibra de todas las personas que con emoción despedían sus globos de todos colores, formas y tamaños. Recuerdo varios de Minions, Hello Kitty y hasta uno de San Judas Tadeo. Cerca de las 10 de la noche la banda que tocaba en el escenario fue subiendo el tono de sus arengas para desagrado de muchos papás que no sabían si prender la mecha de sus globos o taparles los oídos a sus pequeños hijos.

El volumen de la música iba en ascenso y me enteré que el rave acabaría hasta las 4 de la mañana. Fue entonces cuando me percaté del éxodo de familias que intentaron abandonar el lugar, algunas lo consiguieron, pero la mayoría se quedó atrapada en el desorden de coches estacionados por todos lados. Grandes grupo de jóvenes continuaban llegando al evento, muchos se jactaban de que no habían pagado nada para acceder.

Cuando regresamos a nuestra tienda de campaña, mi esposo y yo tuvimos la inocencia de intentar dormirnos, cosa que resultó imposible pues la música electrónica, aunque lejana, retumbaba en todo el lugar. A eso de las 2 de la madrugada los gritos de los borrachos vecinos eran bastante agresivos, en todo el campamento se escuchaban riñas de pareja acompañadas de algunos lanzamientos de botellas de vidrio. Eran las 4 de la madrugada y los coches continuaban pasando muy cerca de nuestras cabezas. La música dejó de sonar a las 5, pero muchos exaltados continuaban haciendo escándalos por todas partes. Sinceramente dudo que alguien haya podido dormir, ni siquiera las personas que pasaron la noche dentro de sus coches.

basuraA las 7 de la mañana amaneció, desayunamos y bajamos para ser testigos de lo que mi marido bautizó como un “Apocalipsis Zombie”. La descripción era acertada, había tiendas de campaña instaladas en los sitios más ridículos, varias personas intentaban, sin éxito, prender las fogatas con la leña húmeda que vendían en el lugar. Había uno que otro borracho tirado a la orilla del sendero y la explanada principal estaba, literalmente, tapizada de basura. Me llamó la atención ver la cantidad de botellas vacías de Johnnie Walker, Kraken y Buchanans que se habían consumido. A las 10 de la mañana todavía había jóvenes dormidos en pleno paso de la gente.

Después de comprar un café tuvimos la oportunidad de entrar al talleglobo 2r de globos de Cantolla. Allí, Axel un jóvencito de 12 años, nos sorprendió con su habilidad para explicar y guiarnos en la elaboración de nuestro propio globo. También platicamos con algunos de los artesanos que participaron en los concursos que se organizaron durante el festival; su la dedicación, destreza y conocimientos nos asombraron.

Después de ver la elevación matutina de globos monumentales, mi esposo y yo decidimos empacar nuestra tienda y dejar el lugar; la mezcla de sentimientos contradictorios que teníamos era muy extraña, disfrutamos mucho el espectáculo de los globos de Cantolla, pero sufrimos el exceso de asistentes que desbordaron un evento que, por momentos, se salió de control.

Querido comité organizador:

  • Por favor concéntrense en que el festival esté dedicado a los Globos de Cantolla, que son lo más importante para Tlacotenco. El público que asistió al reve no es el mismo que asistió para ver la elevación de los globos. Se trata de dos eventos completamente diferentes, para diferentes audiencias, con distintas espectativas y necesidades. No fue buena idea revolverlos.
  • Como no hay señal de celular en el parque muchas personas se pierden ¿no hubiera sido buena idea instalar un kiosco de “Perdidos y encontrados”?
  • Contemplen seriamente en ofrecer un servicio sanitario que pueda atender a miles de personas. Compañías como Sanirent o Tronorent son especialistas mexicanos que pueden ayudarlos en la logística.
  • Coloquen suficientes botes de basura con capacidad para recibir todos los desechos de los asistentes, las tímidas cajitas que decían “basura inorgánica” fueron absolutamente insuficientes.
  • Por favor no permitan el acceso de automóviles en las zonas para acampar, de milagro no hubo accidentes que lamentar.
  • Me da gusto ver a tanta gente interesadas en el Festival, pero la cantidad de personas que a las que les permitieron el acceso lo volvió una experiencia sufridora.

Confío en que sabrán aprender de la experiencia y harán que el próximo evento sea mucho mejor.

Y ¡que vivan los globos de Cantolla de Tlacotenco!

¡Ya, despide a ese cliente malo!

Adios

Muchos freelanceros se quejan de sus malos clientes, pero pocos se atreven a buscar otros. El clásico “más vale malo por conocido que buenos por conocer” se convierte en un mantra que los trabajadores independientes repiten mientras son objeto de malos tratos, falta de pagos y regateos por parte de sus viejos clientes.

¿Será que es nuestro destino fatal toparnos con personas que no aprecian nuestro trabajo, exigen cosas irreales y, además, evitan a toda costa pagarnos a tiempo? La respuesta es NO, NO y mil veces NO. Nuestro futuro siempre será lo que nosotros hagamos de él, si tenemos clientes malos es porque no queremos deshacernos de ellos.

Estos son los pretextos que yo conozco para no despedirlos:

Tengo mala suerte con los clientes

Es muy fácil asumir el papel de víctima pasiva mientras te quejas de tus miserables clientes que piden más de lo que quieren pagar o te colman de cambios. Si siempre te tocan malos clientes revisa qué estás haciendo para atraer ese tipo de personas.

Una amiga de la preparatoria decía que le gustaban los hombres dominantes que la celaban mucho, porque según ella, eso era signo de que la amaban. Varios de sus novios fueron golpeadores.

No es cierto que te persiga la “mala suerte”, si ya te descubriste escogiendo al mismo tipo de cliente malo ¡haz algo para cambiar ese patrón! ¡YA!

Hay que educar al cliente

Por supuesto que debemos ayudar a nuestros clientes a resolver sus proyectos ampliando sus opciones, mostrándoles el alcance de nuevas técnicas y solucionando sus dudas con información clara y verídica. Sólo enseñándoles parte de la magia y evidenciando nuestros conocimientos podemos ganarnos su confianza y presentarnos como profesionales.

Sin embargo, educar al cliente jamás deberá ser sinónimo de soportar a alguien que se comporta como niño berrinchudo que sólo ve para su conveniencia. Tu tiempo debe estar enfocado a trabajar en un proyecto, no a lidiar con personas que cambian de parecer a cada rato, que son inmaduros en sus relaciones profesionales o que simplemente no confían en tus recomendaciones porque eres muy joven.

Si pasas más tiempo discutiendo con el cliente que trabajando en su proyecto perderás tiempo y dinero.

Hay que ser profesional

Muchos diseñadores piensan que nunca deben dejar ir a un cliente porque hay que aguantarse, como los machos.

–¡Cómo que no voy a poder con los encargos extravagantes del cliente! ¡claro que puedo, para eso soy profesional!– y pues listo, nada es más fácil que ponernos nosotros mismos la soga al cuello.

Ser profesional no significa ser mártir, sufrir nunca será buena idea para ganar el sustento. Ser profesional es resolver, con estándares profesionales, el problema que plantea el cliente y cobrar en consecuencia.

El ejercicio profesional puede estar lleno de retos y a veces algunos aspectos pueden salirse de control, en esos casos debemos replantear los proyectos para evitar afectar nuestra salud. Eso de “trabajar toda la noche y comer cuando se pueda” es un signo claro de falta de organización.

Mi trabajo debe agradar

A los diseñadores nos pagan, entre otras cosas, para obtener un resultado estéticamente agradable. Como los cantantes, los diseñadores amamos aplauso y la aceptación. Para nosotros no hay peor escenario que cuando un cliente nos dice “No me gusta lo que estás diseñando”. Entonces tomamos el comentario como una afrenta a nuestra honra profesional y estamos dispuestos a probarle que somos capaces de hacer cualquier cosa para agradarle. En principio, eso no está mal, pero debes tener muy claro lo que le escribiste al cliente en la cotización: si ofreciste hacer cinco propuestas, debes obtener un visto bueno después de la segunda revisión, de lo contrario estarás comenzando a perder tiempo y dinero.

Algunas personas están acostumbradas a exigir mucho más de lo que están dispuestas a pagar. Si tú cotizaste la creación de un logotipo no aceptes hacer gratis el folleto y la papelería de la empresa sólo por agradar a tu cliente. Si la empresa requiere servicios adicionales debe contar con los recursos necesarios para pagarlos.

Si tú, llevado por tu deseo de aceptación, comienzas a regalar tu trabajo, te convertirás en un patrocinador más que en un proveedor profesional. Con la desventaja de que nunca aparecerá una placa en las oficinas de tu cliente que diga

“A nuestra bien amada diseñadora, que nunca le dijo no a nada, siempre estuvo dispuesta a hacer hasta lo imposible por agradarnos y, además, JAMÁS nos cobro por todo el trabajo extra.”
SEPTIEMBRE DEL 2018

Quiéreme, por favor

Me resulta llamativo ver cómo las mujeres diseñadoras son las que más buscan agradar con su trabajo, parece que la educación tradicional ha logrado que varias de nosotras busquen la aceptación a toda costa:

Tienes que hacer cosas agradables para que los demás te quieran.

Nunca contradigas a las personas, las harás enojar, y si se enojan ya no te querrán.

Es tu obligación servir a los demás, hazlo con tu mejor cara.

Las mujeres son multitasking y pueden atender muchos pendientes al mismo tiempo.

Aturdidas por este tipo de enseñanzas, varias diseñadoras confundirán un rechazo profesional con una declaración de abandono que las obligará a hacer “lo que sea” para mantener a sus clientes (malos) contentos.

En resumen: cada quien tiene los clientes que atrae, si no te gustan tus clientes actuales cambia tu oferta, explora nuevos nichos, investiga qué cosas está haciendo bien tu competencia, modifica la redacción de tu sitio web, trabaja en la creación de un portafolio vendedor, etc., etc. Y por favor, deja de trabajar con clientes que no te hacen feliz.

 

Sí, doctor. No, diseñador.

Doctora webMe llama poderosamente la atención cómo los doctores han triunfado como freelanceros. Me refiero a los médicos que trabajan de forma independiente, los que no forman parte del personal de un hospital o consultorio de farmacia. Esos que rentan un espacio en alguna torre médica, que tienen su consultorio en su domicilio particular o que se asociaron con otros especialistas para compartir los gastos de una clínica.

Estos doctores freelanceros siempre me han dado envidia pues su nivel de vida es bastante bueno, trabajan mucho, ganan más y, algunos, hasta se dan el lujo de evadir impuestos.

Y por otro lado están los diseñadores freelanceros que, si bien les va, van ganando lo necesario para “irla llevando”, nunca tienen suficientes clientes y deben pagar más o menos el 30% de sus ingresos al SAT.

Ya sé que muchos me van a reclamar que no debo comparar a profesionales de especialidades tan diferentes, que un Doctor tiene muchos más años de estudio y que el nivel de responsabilidad con un Diseñador no se compara ni de lejos. Pero de todas formas voy a hacerlo, primero porque  es mi blog y yo escribo lo que quiera, y luego porque pienso que este ejercicio puede concretarse en alguna idea que pueda ayudarnos a mejorar nuestro ejercicio profesional.

¿Usted pediría un descuento en los honorarios del doctor mientras su familiar sufre en la sala de espera? NO ¿verdad? ¿entonces, porqué lo hace con un diseñador?

El “dolor” que atiende un doctor es del tipo físico: una persona de clase media que sufre de un dolor abdominal intenso no podrá ignorarlo, si después de tomarse el remedio casero o la pastilla que le recomendaron, el dolor no disminuye, muy probablemente irá al doctor… o a “urgencias”.

Por otro lado, el tipo de “pacientes” que atiende un diseñador es más del estilo “Queremos tener nuestro (logo, sitio web, portada, etc.), hay que buscar a un diseñador bueno, bonito y barato”. El problema, como bien lo describe Brennan Dunn en su libro “Double your freelancing rate“, es que el logotipo, sitio web, etc. NO ES EL DOLOR DEL CLIENTE: para él, el diseño es la “medicina” que busca para resolver el verdadero dolor económico o emotivo.

• A una empresa le duele la falta de clientes, y piensa que la medicina es crear un sitio web que le atraiga nuevos prospectos.
• A una asociación le duele que las personas no los toman en serio por su falta de imagen profesional, pero no le duele tener un logotipo horroroso.
• A una fábrica le duelen las bajas ventas, y opina que la medicina es relanzar sus productos con un nuevo empaque.

Los médicos también tienen competencia de bajo nivel

Los diseñadores nos quejamos de que, hoy en día, cualquiera ofrece servicios de diseño, desde los egresados de cursitos de tres semanas de “diseño gráfico” hasta la imprenta que da el servicio de diseño gratis con tal de hacer la impresión, pasando por los cientos de egresados que cada año se suman al grupo de diseñadores que están dispuestos a trabajar gratis con tal de ir armando un portafolios.

Sin embargo los doctores también tienen competencia de bajo nivel: los yerberos ofrecen remedios para casi cualquier mal y las consultas de bajo precio se han multiplicado en las nuevas farmacias. Hasta internet es competencia para los médicos (que levante la mano quien nunca haya consultado a Google para saber cómo curarse de algo). De todas formas veo los consultorios de los doctores llenos de pacientes recomendados. Los médicos especialistas tienen, por lo menos, dos semanas de citas saturadas.

Al doctor se le hace caso, al diseñador se le regatea

Es interesante la actitud sumisa que todos adoptamos al momento de recibir las indicaciones del doctor:

— Se va a tomar esto por diez días cada 8 horas.
— Sí, doctor.
— Se va a hacer estos estudios.
— Sí, doctor.
— Va a dejar de comer esto y lo otro.
— Sí, doctor.
— Cuando tenga los resultados de sus análisis me llama para hacer otra cita.
— Sí, doctor.
— Ahora, por favor pase con mi asistente para cubrir la consulta, son $600 pesos.
— Sí, doctor.

Es probable que no sigamos todas las indicaciones del doctor, pero es improbable que salgamos de su consultorio sin pagar la consulta. Me pregunto cuántas personas habrán tenido la osadía de decir —Oiga, doc ¿porqué tan cara la consulta? ¿no me puede hacer un descuentito? Mire, es que en la Simifarmacia me cobran $30 pesos. ¿Qué tal que me da esta consulta gratis y yo le hago publicidad entre mis conocidos?

Tenemos que demostar a los clientes que somos especialistas

En muchos casos los clientes recurren a los diseñadores con una receta de automedicación donde ellos creen que ya tienen el diagnóstico y buscan la medicina que ellos piensan que resolverá su dolor, pero no ven al diseñador como un “especialista” que los puede asesorar para obtener una solución gráfica a un problema económico o emotivo. Muchas clientes dan a los diseñadores simples indicaciones sobre lo que se espera del producto del diseño:

— Mira, quiero un folleto elegante, pero divertido.  Que sea atractivo para mis clientes. Algo que se vea bien, pero que no me cueste muy caro.

En cambio a un doctor no le decimos:

— Mire doc, quiero que me quite este dolor, quiero gastar lo mínimo en medicinas y, de preferencia que sepan rico. Tampoco quiero que el tratamiento sea largo o que me mande a hacer estudios especiales.

Por eso pienso que los diseñadores tendríamos que ser un poco más como los doctores: averiguar los “antecedentes médicos” de la empresa y ofrecer una asesoría que presente lo que busca el cliente, pero también lo que nosotros sabemos que puede ser mejor para su caso.

Por lo general los diseñadores se enfocan más en las preguntas técnicas que en descubrir cual es el dolor del cliente:

— Hola necesito que me cotice un rediseño de una página web.
— Ok ¿cuántas secciones tiene su página?
— Creo que cinco ¿la forma de contacto cuenta como sección?
— Sí. ˛Va a necesitar una tienda online?
— Sí, pero ¿me lo podría cotizar con y sin tienda online?
— Claro ¿con quien tiene contratado el hosting?
— Este… no sé. ¿Eso es importante?
— Sí, pero no se preocupe le voy a cotizar el hosting con la compañía con la que nosotros trabajamos.
— Bien ˛cuándo me puede enviar la cotización?

¿No sería más provechoso un diálogo como el siguiente?:

— Hola necesito que me cotice un rediseño de una página web.
— Con gusto, puedo ofrecerle diferentes soluciones que pueden adaptarse a sus necesidades. ¿Qué los motiva a querer rediseñar su sitio web?
— Es que queremos algo que se vea moderno porque nuestro sitio ya está muy “antiguo”.
— ¿Cómo se dieron cuenta de que está “antiguo”?
— Es que nuestra competencia acaba de lanzar un sitio muy “flashy”.
— ¿Qué les resultó atractivo del nuevo sitio de su competencia?
— Pues las fotos de los productos son muy buenas y tienen una tienda en línea.
— Ok, ¿ustedes venden productos en línea?
— Ahorita no, pero vamos a abrir dos nuevas sucursales.
— Ah, qué bien. Ya tuve la experiencia de desarrollar un sitio web para una empresa que estaba en fase de expansión. El sitio les atrajo nuevos prospectos con un perfil específico. ¿Quénes son sus principales clientes?…

¿Notaste los distintos enfoques en estas dos conversaciones?

Tal vez los diseñadores, a diferencia de los doctores, no salvemos la vida de nadie, pero un folleto bien diagramado, un sitio web profesional o un empaque atractivo pueden obrar maravillas por la salud financiera de muchas empresas.

Queremos tu trabajo, no podemos pagarte

disenador editorial2Me estoy cansando de ver anuncios donde requieren diseñadores para trabajar gratis.

Estos avisos hacen uso de la modalidad de “intercambio en especie”, “oportunidad de aprendizaje” o el clásico “te daremos el chance de mostrar tu trabajo al mundo”… y ¿saben qué? ¡Ya estuvo bueno de abusar de los diseñadores! Si no te van a pagar con dinero entonces no se puede llamar empleo o trabajo.

Difícilmente encontraré un anuncio que solicite a un arquitecto para construir una casa al cual se le ofrezca “pago en especie”. Tampoco abundan las ofertas para secretarias a las que se les pague con “aprendizaje”. Mucho menos habrá un requerimiento para un abogado que no cobre a cambio de que “su trabajo sea mostrado al mundo”. Entonces ¿porque los diseñadores somos menospreciados como profesionales? la respuesta es simple: como somos demasiados, peleamos por ofertas ridículas y ocupaciones disfrazadas de empleo.

Mis sugerencias si aspiras a trabajar en una empresa:

  • Considera que el periodo de prueba en un empleo no debe ser a cuenta de tus ahorros, si no te pagan en esta etapa de inicio ¿qué te hace pensar que lo harán después?
  • Recuerda que el truco de los trainees está bien para entretener a los jovencitos que están terminando la universidad, pero si ya tienes más de 30 años ¡no puedes darte el lujo de trabajar gratis para aprender!
  • Cuando un despacho o asociación ofrece un Trabajo (sí, así con mayúsculas) te debe dar un contrato y prestaciones, debes estar dado de alta en una nómina y recibir tu pago puntualmente. Si algo de esto te falta ¡no estás en un empleo formal! Ojo: entregar recibos de honorarios no te hace “empleado” de la empresa, sólo demuestra que en realidad no estás contratado y eres un freelancero que cubre un horario en una oficina, sin derecho a crear antigüedad.

Y si eres freelancero:

  • Recuerda que tú, y sólo tú, decides cuando vas a donar tu trabajo. Tú, y sólo tú, debes evaluar qué asociación o persona merece que le regales tu tiempo y trabajo. Obviamente, a menos que alguien te mantenga, donar tu trabajo “a la causa” sólo lo puedes hacer como una ocupación parcial, nunca con disposición total de tu tiempo.
  • Si alguien te convence de pagarte en especie (con cosas, pues) evalúa si realmente lo que te están ofreciendo es algo que verdaderamente quieres o necesitas. Recuerda la historia que platiqué sobre la diseñadora a la que le pagaron con depiladoras No-no: ¡qué problema fue venderlas!
    Si alguien ofrece pagarte en especie realmente te está pagando menos, me explico: el dueño de la fábrica de juguetes te ofrecerá pagarte los $10,000 pesos que te debe con mercancía valuada en su catálogo por un total de $10,000 pesos; el detalle es que a él esos juguetes realmente le cuestan fabricarlos aproximadamente $7,000. Al final te está pagando 30% menos de lo que le costaría pagarte con dinero.
  • Si eres un profesionista independiente, y ya tienes por lo menos cinco años trabajando por tu cuenta, ya sabes que te están cuenteando cuando un cliente te dice:
    — Hazme una prueba gratis para que me anime a encargarte el proyecto.— No te podemos pagar, pero vamos a incluir tu crédito para que puedas presumirlo en tu portafolios.
    — Estamos evaluando a varios ilustradores y vamos a optar por el que mejor desarrolle el brief.
    — Nos encantan tus fotografías ¿podrías enviarnos varias para nuestra revista? no hay pago, pero es promoción.
  • Si por alguna extraña razón decides trabajar a cambio de otra cosa diferente al dinero, por favor, deja muy claro los alcances del proyecto, establece plazos claros y nunca permitas que te traten como un empleado al que sí le pagan.

Como bien dice @ElDivanDelCopy :

No se reciben ofertas SIN PAGO o donde “se paga con aprendizaje”. “Aprendizaje” mis huevos.

Mi huella en Las Vegas

Eso de ser princesa nunca se me dio. Lo mío es vestir de mezclilla y tenis cómodos.  Como tengo un sólo vestido en mi clóset nadie podrá acusarme de ser glamorosa ni nada por el estilo. No me apasionan las bolsas ni los zapatos, tal vez mi única obsesión sea ser puntual.

Imaginen cuál sería mi angustia cuando me enteré que, como parte de las actividades de la convención en Las Vegas a la que asistiríamos mi esposo y yo, se incluía una cena formal. ¿Qué me voy a poner? dije repitiendo un famoso cliché. ¿Cómo debería vestirme para esa importante ocasión en la que, además, iría representando a mi país? Todo el asunto me pareció cuesta arriba: compré un bonito vestido blanco animada por los comentarios de mi marido, era muy pegadito y con la falda más corta de lo que jamás había usado. Cuando volví a probármelo en casa me di cuenta de que no podría usar ropa interior normal pues se marcaba to-di-ta. Hasta ese momento de mi vida cobró sentido la existencia de las fajas sin costuras y las pezoneras de silicón.

Cuando le conté a mi madre sobre este importante evento no dudó en contribuir con mi correcta presentación: me entregó una cajita que contenía el primer anillo que ella pagó con su dinero, un collar de plata que había sido de mi abuela y unos aretes prestados de mi hermana que, aunados a una pulsera de una tía constituían, literalmente, las joyas de la familia. Dicha cajita viajó pegada a mí hasta Las Vegas.

La convención inició como estaba programada. Los más de cien participantes habían llegado desde todos los continentes y mi esposo y yo éramos los únicos mexicanos en el evento. La fecha de la cena se aproximaba y yo tenía todo listo para vestirme como lo había planeado semanas atrás.

Llegado el día comencé a prepararme con suficiente tiempo; vestirme me tomó solo unos minutos y, antes de ponerme los zapatos, busqué el frasco que había comprado la ocasión. La etiqueta lo decía todo: “Medias en spray, rocíe generosamente sobre las piernas para obtener una apariencia uniforme y nacarada“. Como anticipé que el spray podría alcanzar a desprender una nube de color decidí realizar la operación dentro de la enorme tina del baño del hotel. El primer chisguete fue decepcionante, dos ríos de color negro corrían por mis piernas. Cada vez que oprimía la válvula escupía un tono distinto: amarillo, café, rosa ¿acaso el frasco contenía un muestrario de todos los colores de piel que existían en el mundo? Lo agité lo mejor que pude pero el resultado no mejoró. Para empeorar mi precaria situación mi marido tocó a la puerta del baño para confirmarme que ya era hora de irnos. No recuerdo qué fue lo que le grité, pero lo alejé con éxito.

Derrotada decidí quitarme todo el pigmento que escurría por mis piernas. Como no podía salir de la tina batallé para alcanzar  una toalla para manos con la cual comencé a frotar mis variopintas extremidades. Para mi sorpresa los pigmentos le habían tomado cariño a mi piel y rehusaban abandonarla. En mi desesperación tallé lo más fuerte que pude y terminé, cinco minutos después, con unas piernas manchadas y rojas de ardor. Para colmo mi vestido también había participado de la orgía de color ¡Mi hermoso y ya no tan blanco vestido!

Salí del baño descalza para mostrarle a mi esposo el desastre de mi persona. Comencé a llorar y declaré que no bajaría a la cena. Lo había estropeado todo. Tampoco recuerdo cómo él me convenció de cambiarme de ropa y ponerme un pantalón sobre el vestido. Me faltaba peinarme.

Cuando regresé al baño la escena me dejó horrorizada, era igualita a Psicósis. Tomé la misma toalla e intenté quitar las manchas de pigmento de las paredes de la tina, pero sólo logré extender el daño. Lo intenté con un poco de agua y jabón pero solo obtuve la apariencia de un gigantesco plato de mole mal lavado.

Angustiada por la hora decidí dejarla como estaba y bajamos al salón donde se llevaba a cabo la cena. Quería pasar desapercibida, que nadie notara mis ojos rojos y mi falta de glamour. Paso a paso comencé a relajarme, no ví a nadie vestido de manera formal, las playeras y los tenis abundaban. Uno que otro asistente usaba bermudas y chanclas. Ahora estaba a salvo, nadie me vería feo a pesar de no estar vestida como princesa.

La cena era bastante más informal de lo que esperaba, me encontraba formada en la barra del buffet cuando se acercó uno de los organizadores del evento para decirme –¡Hey, ustedes los mexicanos siempre tarde!– Sentí que sus palabras resonaron en todo el salón y yo me quería morir. Las lágrimas volvieron a asomarse en mis ojos y le contesté – I´m so sorryyyyyyyyy!!!

Sospecho que sorprendí al pobre hombre con mi sentida respuesta pues intentó consolarme diciéndome que no me preocupara, que los brasileños son más impuntuales. No sé que pasó el resto de la cena, sólo recuerdo que cuando regresamos al cuarto volví a intentar remover las manchas de la tina. Mi esposo me explicó que el personal de limpieza utilizaría un solvente especial al día siguiente. Por si las dudas llené la tina con agua para evitar que la pintura se secara.

A eso de las 3 de la mañana desperté angustiada y regresé al baño para corroborar que nada había sido un sueño. Al día siguiente todo seguía igual, nos bañamos y bajamos para asistir a la primera conferencia de la mañana. Yo pensaba con inquietud que la recamarera ya habría pasado por la habitación y trataba de imaginar cuánto nos cobraría el hotel por una tina nueva. En el primer receso corrí a la habitación y al entrar al baño me alegré al ver que la mayor parte del pigmento ya no estaba allí, excepto una muy bien definida huella* de uno de mis pies que resistió a todos los solventes.

No cabe duda de que “lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas”.

 

*Aquí dejo una pésima foto de ella.

El anticipo es la prueba de fuego

AnticipoTuve ese canijo presentimiento de fracaso desde la primera vez que me contactó este prospecto. Pero, sinceramente, era un proyecto bonito y grande, así que decidí no hacerle caso a mi sentido arácnido y me avoqué a la fase de planeación.

El prospecto era un restaurante de una cadena mediana que tiene 27 sucursales repartidas en 13 estados de la República. El encargo de su departamento de marketing era tomar dos fotografías del interior de cada restaurante en menos de un mes… fácil ¿no? en teoría sí, pero no resultó una tarea sencilla revisar los horarios de los vuelos y los autobuses para hacer rutas y cubrir todas las locaciones (a veces hasta tres en un solo día), crear un cronograma que indicara el horario exacto de mi llegada a cada sucursal y calcular los viáticos.

Además, el dueño de la cadena quería que no aparecieran clientes en las fotos, así que, o se tomaban antes de la apertura o se confiaba en que el personal del restaurante haría lo necesario para reservar ciertas mesas y dejarlas listas justo a la hora que yo les había indicado.

Todo el plan estaba bastante matado, pero era factible, así que le dediqué varias horas a definir un cronograma pulido y correcto. Cuando lo presenté a la encargada de mercadotecnia le encantó, entonces le solicité el anticipo y envié la factura correspondiente. A los dos días me llamó apenada para decirme que, debido al Mundial de fútbol, no se podrían hacer las tomas en las sucursales que cuentan con bar, así que deberíamos eliminarlas del programa. También me indicó que debía cambiar algunas fechas por “asuntos de inventario”.

Para no hacerles el cuento largo les diré que, a lo largo de un mes, elaboré cinco versiones del cronograma por diferentes motivos, entre ellos, el aumento de precios en los boletos de avión y autobús debido a la llegada de las vacaciones de verano. Obviamente al prospecto no le gustó que el precio de los viáticos aumentara, pero a mí tampoco me encantó que el número de fotografías acordadas al principio fuera disminuyendo.

Un mes y medio después del primer contacto, por fin teníamos un acuerdo sobre las fechas y horarios para realizar las tomas fotográficas.

Y entonces todo valió queso…

Como los asiduos lectores de este blog sabrán, yo no comienzo a trabajar sin anticipo ¡y menos en un proyecto que requería la compra anticipada de boletos y reservaciones de hotel! Por lo tanto, una vez acordado el cronograma, le envié al prospecto la factura correspondiente y le solicité el depósito del 50%.

Días después de recibir la factura electrónica, me llamó, el viernes a las 19:30 hrs., para decirme que los datos que me había enviado estaban mal y que debía volver a enviarle la factura a nombre de otra razón social.

—De acuerdo, te la envío en un momento.– Le confirmé.

—No te apures, ya voy de salida, mejor mándamela el lunes.— Me dijo despreocupadamente.

El lunes por la mañana recibí otra solicitud de modificación en el calendario. Como ya me sospechaba que se trataba de técnicas dilatorias para hacerse pato con el pago del anticipo, le pedí que me firmara un sencillo contrato y le di tres días de plazo para que realizaran el depósito del anticipo. Me respondió que se encontraba fuera de la ciudad y que agradecía mi comprensión (?)

El día que se cumplió el plazo, me mandó un correo extrañándose por mi falta de confianza al pedirle que firmara un contrato, me dijo que la nueva factura estaba mal y me aclaró que el anticipo estaría “sin falta” la siguiente semana. Entonces tomé el teléfono y le llamé para informarle que el proyecto se cancelaba.

No fue una llamada sencilla, la voz se me entrecortaba de coraje y nervios al declinar un proyecto de ese tamaño. Quería aclararle que había tomado esa decisión porque no veía compromiso de su parte, pero al final sólo le dije que tenía varios pendientes con otros clientes y que ya no podía postergarlos más. La encargada de mercadotecnia me dijo de todo: que yo no era profesional, que la iba a hacer quedar muy mal con sus jefes y que no podía dejarla colgada. Yo sólo tragué camote, le dije que ya no podía atender su solicitud y no le ofrecí ninguna opción. Sinceramente no tenía ganas de arreglarle un problema que yo no había creado.

Estaba muy enojada por haber invertido tanto tiempo en la planeación y no estaba dispuesta a jugármela con este proyecto. Estoy segura de que había muchas posibilidades de que algo se saliera de control, pues lo que mal empieza mal acaba. Afortunadamente era cierto lo de los otros clientes, así que no he tenido tiempo de lamentarme demasiado por este tropiezo.

 

Peripecias en territorio Godínez

Las últimas palabras del cliente eran las deseadas “Muchas gracias por todo Leonora, mi jefa quedó muy contenta con el proyecto y ya firmó tu Acta de entrega-recepción.”

Muy bien, pensé para mis adentros, ahora viene la parte que menos me gusta: la cobranza. Sentí un pequeño ardor en el estómago al repasar todos los trámites que había realizado hasta ese momento para cotizar, concursar y ganar este proyecto para una dependencia del Gobierno Federal. Ahora tenía que armarme de paciencia para concluir los trámites para ingresar mi factura y, si San John Lennon me era favorable, recibir el pago en, más o menos, 30 días.

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Junté todos y cada uno de lo papeles que tenía en expediente, les saqué copia y los ordené como mejor pude. Me puse mis zapatos más cómodos y me dirigí a la dependencia. Saliendo del metro no fue difícil localizar la puerta principal del edificio, sólo había que seguir a todas las personas que, como yo, llevaban una carpeta o portafolios con documentos. Luego de sortear decenas de puestos callejeros, representantes de las más variadas viandas chilangas, llegué a la recepción donde me canalizaron a los últimos pisos.

El elevador que tomé se esforzaba en transportar a los pasajeros. Una miserable plaquita decía: “Máximo 8 personas”, pero no aclaraba cuál era el peso máximo que se esperaba de cada uno. De lo contrario, los reclamos y las miradas acusadoras no se harían esperar.

El viaje hasta mi destino tomó más de 6 minutos, deseaba haber contemplado las escaleras, pero ya estaba enbarcada en el paseo. La apertura de puertas en cada uno de los pisos mostraba escenas imborrables: en uno se ancanzaba a ver a una decena de personas con enormes rebanadas de pastel servidas en microscópicos platos de plástico, todas empeñadas en caber en el cubículo de la festejada. En otro piso ví un improvisado puesto de Herbalife que competía con otro de perfumes genéricos.

En el penúltimo piso las puertas se abrieron para mostar una escena peculiar: todo el hall estaba inundado con garrafones de agua, la mitad vacíos, la mitad llenos. No quiero imaginar al  pobre empleado encargado de realizar el cambio.

Al llegar a mi destino me presenté con la persona indicada; cual sería mi sorpresa cuando me contestó:

—No señorita, usted no está dada de alta en nuestro sistema, me hubiera acordado de su nombre.
Hice una inspiración profunda, como si deveras supiera yoga, y dije:
—Estoy segura de que estoy dada de alta en el sistema, de lo contrario no habría recibido el contrato ¿podríamos revisarlo en su computadora?

Le dedicamos los siguientes minutos a “cazar” una silla para que pudiera sentarme, parece ser que en esos lugares las sillas son consideradas objetos de lujo y son propiedad privada. Luego de “robar” con éxito la silla del que se fue a la Villa, el funcionario se tomó su tiempo para buscar y corroborar, a su pesar, que sí me encontraba dada de alta en su famoso sistema. Entonces me pidió todos mis papeles para revisarlos como quien busca el número ganador de la lotería. Después de la minusiosa revisión me confesó que su departamento jurídico aún no liberaba cierto documento, pero que de todas formas me permitiría proseguir con el trámite. Entonces me envió a otro piso para que entregara mi factura.

Ahora sí tomé las escaleras. Al llegar pregunté al oficial de la entrada por la persona en cuestión y me envió a un escritorio vacío. Su vecino se limitó a decirme “Está en una diligencia, no sé a qué hora regresará“. Derrotada me dirigí al elevador cuando el mismo oficial me detuvo para decirme:

—Viene a entregar una factura ¿verdad? El muchacho con el que acaba de hablar también las recibe, regrese con él.

Después de agradecer su información me volví a plantar frente al vecino y le extendí mi factura junto con otros papeles.

— Hola otra vez, me comentan que usted también puede recibirme estos papeles.—
— Sí, pero sólo se reciben lunes, miércoles y viernes.—
— De acuerdo, entonces ¿cómo a qué hora puedo regresar mañana?—
— No, mañana yo ya no voy a estar en este departamento… pero, bueno, se los voy a recibir.
— Muchas gracias.— Contesté mientras tomaba sin permiso la silla de su vecino ausente.

El joven procedió a revisar en su computadora el mismo famoso sistema hasta que dijo con tono triunfal:

— ¡Le faltó enviar su XML por correo!
— Ya lo envié, a los correos que indica Compranet.
— No, pues yo no lo recibí.
— No nos preocupemos, en este momento se lo reenvío ¿cuál es su correo? — Le pregunté mientras sacaba mi teléfono, consultaba mis correos enviados y tecleaba su dirección ¡A que eso no se lo esperaba!
— Ok, pero no trae una copia de la factura para que se la selle de recibido ¿verdad?
— Sí, traigo tres.

Una vez sellada y firmada la copia me dispuse a continuar la peregrinación por las oficinas, pero el muchacho me informó que eso era todo, que en 20 días recibiría el depósito electrónico.

Me despedí con la sonrisa de alguien que vuelve a tener confianza en la Humanidad. Casi beso al oficial cómplice.

Mientras bajaba los diez y siete pisos iba pensando en el porcentaje adicional que sumé a este trabajo por concepto de trámites administrativos.

Los departamentos de compras deberían saber que, mientras más complicado sea su sistema de pagos, más caros saldrán los proyectos. Y si se trata de Gobierno, peor.

Hablando de Gobierno…

La semana pasada recibí la gratísima noticia de que la SEP ya le pagó sus honorarios a los ilustradores que participaron en la Protesta Ilustrada ¡bien por ellos que decidieron no callarse y reclamar sus pagos atrasadísimos!

Por otro lado, al grupo de editores que conozco todavía no les pagan. Dicen los rumores que, como les deben mucho más que a los ilustradores, aún no les darán una fecha para saldar sus adeudos. Espero que la SEP atienda próximamente a todos sus proveedores y termine con este penoso capítulo de falta de pagos. #SEPpagame

Lo más curioso es que, aún sabiendo de los problemas que tiene la SEP para pagar los honorarios de sus colaboradores externos, muchos ilustradores nuevos han aceptado recientemente trabajar sin contrato y con tarifas menores. Parece que en un futuro próximo los ilustradores verán con buenos ojos pagarle a la SEP para que sus obras aparezcan en los libros de texto gratuitos. Espero que no.