
Lo siento, este no es un post con final feliz… todavía.
Todo comenzó como de costumbre, un prospecto me contacta para ofrecer un proyecto interesante que, por su importancia requiere de una visita a sus oficinas. Durante la reunión les bailé y canté mientras los convencía de que soy la persona indicada para llevar a cabo el trabajo. Después de la visita, que consideré todo un éxito, les envié una cotización con mi mejor propuesta. Me interesaba mucho ganar este proyecto, era atractivo e interesante. Supongo que, como mis precios eran bastantes razonables, al martes siguiente se animaron a pedirme una nueva propuesta, mucho más compleja y que incluía una urgencia: las primeras fotos debían realizarse ese mismo viernes. Acepté el reto, actualicé los números y esperé a tener el visto bueno mediante el pago del anticipo. Llamaron el miércoles para confirmarme la aprobación del proyecto, PERO (siempre hay un pero) no podían tramitar tan rápido el anticipo; entonces solicité una bonita orden de compra; me dijeron que no habría problema para generarla, sólo debía enviarles, asap, seis documentos y dos formularios firmados para darme de alta como proveedor. Como nadie me iba a intimidar con un muro administrativo, me propuse enviarles todo en menos de media hora ¡y lo logré!
Cuál sería mi desconcierto cuando, el jueves, me llama una persona desconocida que se presentó como el responsable de compras de la empresa. Me comentó, en el tono más perdona-vidas que pudo, que él era el único que tomaba las decisiones de compras, que tenía en sus manos las propuestas de otros proveedores y que, por alguna extraña razón, no tenía mi cotización en su escritorio. Entonces, con el mayor descaro del mundo, me dijo que esperaba que le enviara mi propuesta con “mi mejor precio”. Francamente consideré que su solicitud estaba fuera de lugar, sobre todo porque ya habíamos agendado la cita para ese mismo viernes con horario y toda la cosa, así que dudaba seriamente sobre la existencia repentina de esos otros proveedores, que sólo tenían la finalidad de hacerme sentir insegura, para que les otorgara un descuento, así nomás, porque sí. Hice mi mejor esfuerzo para no montarme en pantera y le indiqué que le enviaría la misma cotización que ya tenían, y que no iba a darles ningún descuento adicional por varios motivos: el trabajo era urgente, bastante extenso y, además, no recibiría anticipo. Para despedirme le confirmé mi interés en el proyecto y le recalqué que entendía perfectamente que era probable que no optaran por mi propuesta.
Después de reenviar la cotización recibí un escueto correo de este señor que casi me hizo llorar: “¿Ya es lo menos?”. Opté por no contestarlo, estaba tan molesta que seguramente le escribiría algo de lo que después me arrepentiría. Entiendo que parte del trabajo de los encargados de compras es conseguir el menor precio, pero intentarlo bajo la amenaza de “Me das un descuento o no te doy el trabajo” no me espanta, menos cuando sé que eso de los “proveedores más baratos” es una táctica vieja. De todas formas estaba conciente de que era muy probable que todo se fuera al Averno porque no me dió la gana hacer un descuento solicitado con tanta prepotencia.
Mi sorpresa fue mayúscula cuando, casi a las 20 hrs., me volvió a escribir: “Procederemos como se había acordado, las fotos se tomarán mañana en al horario convenido. La orden de compra se generará a la brevedad.”
Las primeras fotos ya están tomadas, pero la orden de compra aún no llega, supongo que se tomarán su tiempo para enviarla, yo me tomaré el mío para mostrarles las primeras imágenes. Todo apunta a que será una relación de toma y daca bastante desgastante, así que tendré que evaluar mis opciones y sus consecuencias. Ya les platicaré en qué terminó todo el asunto.
Amiguitos del Departamento de Compras: Ya sabemos que es su trabajo velar por los intere$es de sus compañías, pero, POR FAVOR, tomen en cuenta que, cuando el proveedor es un profesionista independiente, que les está ofreciendo un servicio a la medida y de calidad, no estará feliz de entrar a la subasta de “quién cobra menos”. Piénsenlo de esta forma: si tuvieran un familiar con un padecimiento raro ¿regatearían con el médico especialista mientras el paciente sufre en la sala de espera?






No me gusta generalizar, así que no lo haré: hablaré de MI experiencia con cerca de diez agencias de publicidad pequeñas con las que he colaborado en los últimos años. No he trabajado con más porque, para ser sinceros, NO me entusiasma la forma como tratan a los freelanceros. Nunca las busco, pero por una u otra razón me encuentran y me convencen para que colabore con ellos en las campañas de empresas grandotas, y es allí cuando doy mi brazo a torcer: tal vez será porque me gusta ver mi trabajo en los sitios de internet de esas grandes marcas que, probablemente, nunca se hubieran acercado a mí directamente. Para eso contratan las empresas a una agencia de publicidad, para que les dé soluciones integrales. Concedo que es en parte mi EGO (y mi maldito hábito de comer tres veces al día) el que me ha conducido a aceptar trabajar en estas campañas, aunque mis últimas experiencias me han orillado a replantearme este tipo de colaboraciones.
Todo el tiempo veo cómo nos quejamos de los clientes que no pagan a tiempo y que se hacen que la virgen les habla a la hora de hablar de dinero. Sin embargo, para ser justos, también hay que aceptar que muchos jóvenes freelanceros se ponen en una situación desventajosa a la hora de recibir el pago por su trabajo.